martes, 2 de diciembre de 2014

Peniche

Peniche.

Tantos años soñando con venir a este lugar. Tantos años soñando con conocer este museo y ver sus historias, y por fin estoy aquí. A sus puertas. A punto de entrar.

Una placa nos saluda antes de cruzar este umbral de la historia. En honor a los antifascistas. La emoción fluye por mis venas, esto en España sería impensable. El Régimen supo perpetuar sus ideas y extender el falso concepto de "no abrir viejas heridas". Pero algún día eso cambiará y el movimiento antifranquista será reconocido oficialmente como lo que fueron: héroes.

Lo primero que te encuentras, tras entrar, es la sala de la memoria. Paneles con fotos de la época nos traen los gritos del pasado en forma de murmullos. Susurros de torturas y situaciones inhumanas, de aislamiento y hambre; pero también de fuerza y valentía, de esperanza y sueños, de coraje y resistencia.

Vas caminando, panel a panel, foto a foto; y cada una te lleva a una nueva historia, un nuevo relato gráfico de los recuerdos de este lugar.

El PCP y el URAP (Uniao Resistentes Antifascistas Portugueses) conocen su historia, y han sabido transmitírsela al resto del pueblo, porque la historia de la lucha antifascista es la historia del pueblo. La memoria de miles de personas resistiendo. Resistiendo para no dejarse derrotar por el Estado Novo.

Tras esto, de golpe, para sobresalto del alma, te topas con una lista de nombres y apellidos, 2487 concretamente. Y esos 2487 nombres te impactan en el corazón como si los conocieses a todos ellos. Al fin y al cabo compartís lucha; con décadas de diferencia, pero compartís la misma lucha. Ellos dieron su vida por valores que intentas defender, estás en deuda con ellos.

Tras permanecer quieto, de pie, en silencio, ante esa lista de valientes luchadores, te diriges a la siguiente sala: el parlatorio. Allí las familias podían verse en unas condiciones pésimas y con serias dificultades burocráticas. Pero lo impresionante de esta sala no es eso, sino las cartas. Cartas de presos a sus parejas, hijos, familiares. Poemas, dibujos, renglones escritos con esperanzas y sueños desfilan ante tus ojos, revelándote los sentimientos más profundos de sus almas. Un puñado de papeles escritos con mala letra, pero que para esas familias eran lo único que les daba fuerzas para seguir, para soportar ese infierno un día más.

Si continúas llegarás hasta la recreación del pabellón de celdas. Si en las anteriores salas había ruido de fondo, aquí el silencio es absoluto. Solo quieres estar a solas con las historias que te llegan del pasado. Relatos de luchas por los derechos en la cárcel y fugas exitosas, para continuar con la lucha clandestina.

El patio de la cárcel te recuerda dónde estás y las condiciones de los presos, siempre bajo una estrecha vigilancia. Relacionarse y organizarse era una ardua tarea; y aún así, los presos lograban superar la continua vigilancia y conseguían comunicarse entre ellos.

La lucha es cualquier acto contra la opresión, cualquier paso de cara al futuro, por muy pequeño que sea. Y ellos lo sabían.

La última parada es "O Segredo" como era conocida por los presos la sala de aislamiento. Cada preso que llegaba nueva era aislado de resto con la intención de destruirlo moralmente y desubicarlo, con el objetivo de alejarlo de la lucha. Cualquier preso castigado volvía al "Segredo". Pero no es solo un  símbolo de tortura, es también ejemplo de tenacidad y constancia, pues hubo quien logró fugarse del fuerte desde esta celda. En una fuga contra mar y marea, que parecía imposible.

La cárcel de Peniche.

Tras la Revolución de los Claveles el pueblo decidió convertirla en museo, para recordar a los héroes, pero no solo a los presos, sino también a todo el pueblo de Portugal. Pues la historia de la resistencia es la historia de un pueblo. Porque es el pueblo quien tiene la obligación de perpetuar su historia. Es el pueblo quien tiene que recordar su pasado de lucha en pos de un mundo mejor. 

Y es el pueblo el que debe mantener viva la llama de la memoria, para transmitir por siempre su espíritu de lucha y resistencia.

lunes, 1 de diciembre de 2014

En la memoria

El tiempo.
El tiempo se lo lleva todo, como un millar de hojas de calendario volando al viento.
Se cuela entre las grietas y va borrando los recuerdos de los que un día vivió alguien.
Sin pausa.
Sin prisa.
Solo poco a poco, pero de manera constante. Como las agujas de un reloj inagotable.
Tik.
Tak.
Tik.
Tak.

El tiempo es relativo.
Para mucha gente el tiempo es solo una medición, una herramienta que nos recuerda que somos criaturas temporales.
Pero para toda la gente que vivió aquí, el tiempo era su verdadera cárcel. El tiempo era el recordatorio de cuanto llevaban aquí y cuanto les quedaba entre estas paredes.
Cuanto les faltaba para perder la razón o cuanto más podrían resistir.
El tiempo.
Ese ritmo constante que nos acerca al futuro y nos trae los gritos del pasado en forma de susurros. Recordándonos que entre estas paredes hubo una época en la que se destruía a los presos. Poco a poco, sin prisa; pues quienes estaban en el poder se creían eternos.
El tiempo.
El mayor enemigo de estos héroes. Cada minuto aquí los desgastaba. Y a pesar  de esto, el tiempo variaba. En el “segredo”, aislado del resto de la humanidad, el tiempo se distorsionaba hasta el punto de convertirse en cuatro paredes inmutables que semejaban perpetuas.

Tik.
Tak.
Tik.
Tak.
El tiempo.
Quien controla el tiempo puede controlar la mente humana. La PIDE, heredera de las técnicas de la Gestapo, lo sabía bien. Sabía que la mente solo podía ser destruida cuando cortas cualquier enlace con el mundo real, cuando obligas al individuo a buscar refugio en su propia mente. Y así hacían. Aislaban al preso al entrar en Peniche, con el objetivo de debilitarlo. Pero resistían. Gracias a sus recuerdos resistían.
El tiempo.
Ese avanzar constante que deja todo atrás a su paso.
Inexorablemente.
Ajeno a todo lo que destruye.
Sin importarle si eso es bueno o malo.
El tiempo.
Una de las pocas cosas que el ser humano todavía no ha podido controlar.
El tiempo avanza. Nos supera. Y la única forma que tenemos de hacerle frente es con los recuerdos, la memoria.
Los recuerdos tienen la capacidad de perpetuarse, de impregnar todas y cada una de las cosas que hay en nuestro entorno, para así formar parte de nuestra memoria.
La memoria pervive y se reafirma ante el paso del tiempo, transmitiéndose de unos a otros. Por eso el Estado Novo no pudo destruir completamente a los presos. Por eso su historia ha llegado hasta nosotros.
El tiempo puede con todo, excepto con la memoria, pues esta tiene la capacidad de fluir y transmitirse. Por eso estos ladrillos que ahora no son nada representan tanto, porque sabemos todo lo que ocurrió aquí para que estas paredes no engullesen la memoria de los presos y los condenase al olvido.
Porque la memoria es la base de la sociedad. Y un pueblo que olvida es un pueblo derrotado. Un pueblo condenado a repetir sus mismos errores una y otra vez.
Por eso se hace imprescindible ganarle la batalla al olvido. Y poder recordar así, el pasado de lucha y resistencia del que el pueblo se siente orgulloso.

El tiempo.
El tiempo se lo lleva todo, como un millar de hojas de calendario volando al viento.
El tiempo se lo lleva todo. Excepto una cosa:

La memoria de un pueblo.