sábado, 29 de septiembre de 2018

El hombre sobre un mar de nubes

La vida se desdibuja en una rielante luna que se refugia sobre la superficie de la laguna estigia de mis sueños. La noche baña mi tez arremolinándose en estelas de límpidas caricias que arrancan suspiros de mi existencia. El alma dichosa expláyase en estelas de luz cercana a la gloria, cual vidrieras irreales que perfilan bóvedas celestes en los dinteles que son tus luminosos ojos danzantes de fuegos fatuos sobre las ondulantes aguas cristalinas.

El mundo es una suerte de irrealidad a merced de las fantasías. Cuentos sin nombre ni memoria. Leyendas de callejuelas medievales que reconfortan las ánimas perdidas en algún rincón del tiempo.

Los pasos resuenan en la soledad del pasado, distantes en el eco del olvido que reverbera en el presente de sus paredes de piedra. Historias de siglos atrás. Refugio de cantares abandonados por sus propios habitantes.

El cielo se esconde tras un manto de nubes que se afanan por abrazar apasionadamente a la luna, mientras esta se escabulle perfilando con su resplandeciente halo nocturno las siluetas que habitan las sombras.

El mundo se ríes de las estrellas y germinan hojas fosforescentes en tus ojos verdes de libertad.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

Susurro cálido en tu oído acariciando tu pelo

El mundo se mece suavemente en el reflejo de tus ojos color madera de abedul
-en realidad no estoy muy seguro que sea ese tono,
ni siquiera estoy seguro de cuál es ese tono,
pero una vez te lo dije
y como que me gustó como sonaba,
y desde ese momento te lo digo siempre cuando tienen un destello concreto,
ya sabes que el arco iris a tu lado se queda corto
y tú
le ganas por goleada.-

Ojos color madera de abedul, sí,
y dedos brisa marina,
pecas de constelaciones en el firmamento
y labios de esperanza y libertad.

Hago malabares de juegos de figuras literarias
como un funambulista que hace equilibrios entre la poesía y el patetismo de las frases
pero es que por ti salto sin red si hace falta
por lograr transmitirte con palabras lo que palpita en lo más hondo de mi pecho,
en lo más cálido de mi alma.

Eres la luz de los amaneceres
y los atardeceres en los que me pierdo con la fuga del horizonte de fondo,
telón de otoño del gran teatro mundo,
sutil estela de sueños de mis días.

Ojos color madera de abedul,
mar en una mañana soleada,
cielo primaveral bajo techo de fresca sombra de verano.

Ojos color pasión,
piel con tacto de paz,
sonrisa de luna que alumbra mi picaresca por hacerte volar una noche más.

Eres
el verso que atesoro sintiendo la libertad.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Ríndeme, pleitesía

Suma, gana y juega
sucia canción de amor,
la poesía de una generación
que evade el presente que se nos vendió,

centra tu atención
en el paso posterior,
toma y vence en este lugar
rasgueando guitarras de distorsión,
cervezas por delante
y la suciedad de un bar de madrugadas
puede que mañana ya sea tarde,
pero aquí y ahora es el momento
de levantar templos por la libertad
y los cuerpos sintiendo los versos
con el sol perdiéndose lejos.

Sutiles sueños de cantares jondos (del nosotros).

lunes, 17 de septiembre de 2018

Túnel de tinieblas

La peor parte de mí es la que se deja vencer por la oscuridad.

Que rápido vendéis la piel
cuando no hay nada que celebrar,
y el mundo da vueltas sin sentido
como una peonza que perdió su equilibrio,
jugando al todo o nada sin suerte
ni azar de azahares
podríamos recorrer corriendo todos los verdes valles,
pero ni aún así alcanzaríamos al destino
que se fugó en el horizonte justo antes de tocarlo con los dedos,
como un arco iris que se ríe de nosotros por siquiera intentar entenderlo.

Tropezamos con las piedras del camino
cruel manto de nubes negras
en tu mirada color mar de fondo.

Supongo,
solo supongo,
que todo este tétrico teatro de títeres
tiene una razón de ser;
por desgracia
me equivoco.

Acierto cuando quiero fallar
fallo cuando quiero acertar,
y cuando quiero querer cuando y
cuando querer quiero
y
y
no queda ya nada.

La peor parte de mí es la que se deja vencer por la oscuridad.

Sí...

Es la peor parte
y la más habitual,
tenue sombra en el castillo de los naipes
atrapando recuerdos para construir un nuevo futuro.

Centelleante luz del atardecer.

Solo queda...

Solo queda seguir y nacer.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Miradas tristes a primerísima hora de la mañana

Noches grises de autobuses y trenes
el mundo se diluye en una vaporosa neblina
la luna riela al son del viento
y la realidad desteje su manto de fantasía.

Luces despuntan al alba
y la mirada
somnolienta despierta la calma
de saberse adormecida el alma.

Días de trayectos infinitos
jornadas eternas
que atrapar en las rutinarias
faenas de repetición constante.

El trayecto se desplaza incierto
al ton de un mísero momento
en el que contemplar la razón de este juego
que es marchar una y otra vez al trabajo por un sustento.

Noches grises de autobuses y trenes
neblina vaporosa que diluye el mundo
riela el viento al son de la luna
y la fantasía desteje su manto de realidad.


domingo, 9 de septiembre de 2018

El mundo es para quien se atreve a observarlo

Observa incansable el mundo con la viveza de unos ojos que todavía no se han cansado de emitir luz, de seguir con la mirada cada uno de los movimientos que se desarrollan a su alrededor, con la certidumbre de que permanece segura de cualquier peligro rodeada de quienes la quieren y la curiosidad siempre creciente de quien tiene mucho que aprender con solo detenerse a mirar aunque sea por un instante.

Observa, incansable el mundo, y este se vuelca en sus cuidados. Grita, con voz aguda, pero firme, que tiene hambre, que quiere comer, que acaba de escuchar la nevera abrirse junto al sonido característico de la verdura fresca. Nada. No le hacen caso. Así que vuelve a gritar, de nuevo, un grito repetitivo, casi un silbido que se lleva el viento y reverbera en todas y cada una de las cuatro paredes de esa casa. Tengo hambre. Quiero comer. Una. Y otra. Y otra vez.

Observa. La nevera ha vuelto a abrirse. Parece que esta vez le han prestado la suficiente atención como para colocar sobre la encimera su tentenpié entre comida y comida. Una lechuga radiante reluce en medio de la cocina. Unas gotas perladas de rocío se deslizan por las hojas mientras un olor a campo llega hasta su incansable nariz. Casi puede sentir el sabor en sus labios. La boca se le está haciendo agua. Va a probar de nuevo, a ver si se la dan de una vez. Silba. Casi un chillido. Águdo. Un toque de atención que habría captado la atención de sus hermanos si todavía estuviesen allí con ella. Pero ya no están. Hace ya tiempo que no están. Solo está ella. La última.

Observa. Pero en realidad la mirada está perdida en ninguna parte mientras se retrotrae sobre si misma y los recuerdos brotan poco a poco en el torrente de la memoria. El rostro de una madre apenas reconocible, perdida su sonrisa en alguna parte del tiempo cuando todavía era muy pequeña. Tan pequeña como sus dos hermanos. Abandonados en este amenazante mundo pocos días después de haber llegado a él. Un rostro de una madre apenas reconocible, intentando perseguir la sombra que se esconde siempre en el viento. Un rostro perdido en los recuerdos y unas manos cálidas que se acercaron a ellas cuando estaban solas. Y que las cuidaron. Y que las protegieron. Y que las alimentaron. Unas manos cálidas que les dieron un refugio a ella y sus hermanas. Y la felicidad de un lugar al que llamar hogar, como la calidez de esas manos que las recogieron cuando vagaban desorientadas sin ningún lugar al que ir.

Observa. Y el tiempo vuelve a su cauce normal. Y encima de la encimera hay una lechuga reluciente que la está esperando a ella. Vuelve a chillar. Más por poner sus pensamientos nuevamente en orden que por llamar esta vez la atención. Pero por suerte, parece que esta vez ha funcionado. Y ante ella tiene una ensalada digna de cualquier rey. Un auténtico manjar. Sencillo. Delicioso. Apetecible. Tal como a ella le gusta. No tarda ni dos minutos en hincarle el diente y disfrutar del momento. Hay que saber aprovechar los pequeños momentos en esta vida.

Observa. Decide dar una vuelta para bajar la comida. Un poco de ejercicio le vendrá bien para despejar la mente. Y como siempre le dice el médico: Una buena dieta y un buen paseo es el mejor remedio para mantenerse joven y eterno. Bueno, no lo dice así tal cual. No es que el médico tenga mucho arte para recetar remedios y fármacos. Más bien suele ser algo así como paracetamol y mucha agua y a pastar. Siempre dice lo de a pastar. Le debe de haber visto cara de vaca o algo. A ella nunca le ha gustado lo de decir las cosas de forma tan sosa y banal. No hay nada como darle un toque poético a la existencia para dar luz y color a la vida. Así que eso Una buena dieta y un buen paseo es el mejor remedio para mantenerse joven y eterno es un buen lema. Al menos tan buen lema como cualquier otro. Y a ella le gusta. Es lo que tiene disfrutar de las cosas sencillas.

Observa y comienza a caminar. Poco a poco. Un pasito y otro pasito. Hay que tener claro el proceso. Parece fácil, pero en realidad la gente no es consciente de la ardua tarea que es el proceso de andar. El juego de pesos y contrapesos que produce el movimiento es el resultado de millones de años de evolución que han permitido desarrollar una ingeniería móvil de un altísimo grado de complejidad. Y la gente, por algún motivo, no es consciente de esta grandiosidad de la naturaleza. Lo tienen tan normalizado, tan interiorizado, que convierten en pura rutina algo tan bonito como el aparato locomotor. Ella, al contrario, ha sabido disfrutarlo hasta el punto de admirarlo con todo su ser. Será lo que tiene haber visto el proceso atrofiador del tiempo en sus hermanos. La arena del reloj se los fue llevando uno a uno, y ahora, por desgracia solo queda ella. La última. La última que está aquí y ahora, y que por suerte todavía puede disfrutar del proceso de caminar.

Observa. Y un paso. Y otro. Y una vuelta entera. Y que tarde se ha hecho, va siendo hora de volver a casa que hay que comenzar a pensar en la cena. ¿Otra ensalada? Demasiado frugal. ¿Un remix de frutos secos? Demasiado energético. Un poco de pimiento y melón, será lo mejor. Le gusta cenar ligero, le favorece el sueño.

Observa el panorama. Parece que no hay nadie más por casa. Tendrá que esperar hasta que lleguen y le preparen la cena. Podría prepararla ella. Pero la nevera está demasiado lejos y el paseo la ha agotado. Decide sentarse a esperar y los recuerdos vuelven a jugarle una mala pasada. Sonríe de medio lado, con una de esas sonrisas tristes que pueden venderte el mundo, pero que en realidad están gritando a los cuatro vientos la soledad de quien ya casi lo ha perdido todo y le quedan pocas cosas por las que seguir hacia adelante cada día.

...Observa. Los rayos del sol le ciegan. Ha retrocedido varios años. Cuando todavía era más joven y correteaba por los prados junto a sus dos hermanos. El calor primaveral les acariciaba el rostro y sus mechones jugueteaban con la danzarina brisa, tratando de arrancarles felices suspiros a la vida. Los pájaros cantan, los árboles se mecen al vaivén con su lento discurrir de naturaleza centenaria y la hierba cosquillea la planta de los pies desnudos. Su hermano la llama desde lo alto de una pequeña colina y ella corre tras él buscando la protección de la sombra. Por su parte, el pequeño Theodore se entretiene tumbado olisqueando las flores que se abren al universo con toda su explosión de aromas acumulados a lo largo del frío invierno. Desde lo alto de la loma, el hermano mayor llama al pequeño y al ver que no le presta atención se deja caer a rebolos en su dirección. Vueltas y vueltas, sin cesar, hasta que se dan de bruces y chocan entre un caos de risas e insultos que a ella la hace sonreír, con esa mezcla de cariño y ternura, al ver la escena. Sus ojos relucen y su rostro es el fiel reflejo de serenidad. Mientras la estampa primaveral de los tres hermanos recuerda a cualquier observador ajeno a una acuarela impresionista de esas que son dignas de aparecer en cualquier museo. Y ella sonríe.

Observa. Y sonríe. Sonríe como siempre sonreía cuando estaba con ellos. Una sonrisa amplia y natural, la viva imagen de la felicidad. Sonríe. Con ellos siempre sonreía... Pero ya no... Ya no sonríe... Porque es la última. Porque ellos ya no están. Porque está sola. Y la sonrisa se va empequeñeciendo y vuelve a cobrar su forma natural: una triste sonrisa de medio lado de esas que se dibujan en los ojos de quien ya no tiene motivos por los que seguir caminando cada día.

Observa. Algo se mueve por la cocina y vuelve a la realidad. A la vida que tiene ahora. Es Trufa, una juguetona snaucer miniatura negra que se acerca a olisquearla mientras le da al rabo. Ella se acerca a ella para que pueda olisquearle el pelo. Es una especie de ritual que tienen. Y sonríe. En realidad no todo está tan mal ahora. Sí, las cosas son diferentes, pero a fin de cuentas... todo es siempre diferente. Quieras o no la vida cambia y no queda otra que adaptarse y seguir. Nadie ha dicho que sea algo sencillo, pero hay que poner todo de nuestra parte para conseguirlo si queremos que los que ya no están estén orgullosos de hasta donde hemos llegado y lo que hemos conseguido. Y ella lo sabe. Sabe por qué ha logrado seguir hasta ahora y por qué no se ha rendido. Por ellos. Por sus hermanos. Para que estén donde quiera que sea que estén, puedan estar tranquilos al saber que ella ha conseguido sobreponerse y continuar. Porque es lo que habrían querido. Y bueno. Es la última, sí, es la última. Pero no está sola. Siempre están ahí esas manos cálidas que un día la sacaron adelante. Siempre están esas manos para agarrarla, sostenerla, ayudarla... Invitarla a vivir un día más por todos.

Observa, incansable el mundo, y el mundo le devuelve la mirada. La pequeña snaucer sigue vigilándola con esos ojillos vivarachos que exploran todo de arriba a abajo y de abajo a arriba, una y otra vez. Le lame una vez para reconocer que todo está en orden y decide irse en su continua exploración diaria de la casa. Y ella sonríe. Pronto escucha el sonido de la puerta abrirse y decide llamar. Va siendo hora de cenar.


* * *


Observa incansable el mundo como observa el plato de melón y pimiento que se yergue ante ella. Una suculenta torre que se tambalea en un frágil equilibrio entre la realidad y la imaginación, consciente de que un paso en falso puede dar al traste con todo. Unas manos cálidas cortan en pequeños trozos el pimiento, mientras poco a poco van colocando cada pedacito alrededor del plato, con mucho, mucho, cuidado; y tratando de que ningún trozo se caiga fuera de este. Luego el melón, alrededor, rodeándolo, creando una cubierta dulzona que se paladea con solo olisquear el aroma que desprende. Por último, arriba, en lo alto de la monumental estructura, un par de media lunas de manzana y coronándolas, como el rey que gobierna todo un país desde su trono, media uva que representa el colofón de un banquete visual que sacia el estómago con solo observarlo durante unos breves instantes. Ella lo mira todo, una y otra vez, consciente de que puede que sea la última vez que se lleve a la boca semejante menú. Hace tiempo que está enferma y ya no puede ni moverse, postrada como está todos los días sobre el mullido heno. Las numerosas operaciones a las que se ha sometido para sobrevivir le han traído graves consecuencias y la parálisis de sus patas traseras es total, anulándole cualquier posibilidad de movilidad por si misma. Se tiene que conformar con sus paseos diarios de dar vueltas sobre si misma, tratando de acomodarse, empleando las dos patas delanteras. A pesar de ello sus ojos nunca se han cansado de observar el mundo y su nariz sigue olfateando como si no hubiese mañana. Sus hermanos murieron hace ya un par de años. Tuvieron los mismos problemas genéticos que ella. Pero, por desgracia, mucho antes. No le queda ya mucho tiempo, hace meses que lucha contra su esperanza de vida. Pero por ellos y por esas manos cálidas que siempre le han cuidado, aprovecha hasta el final todos y cada uno de los pequeños momentos que tiene. Aunque sea la última.

Observa con aire curioso el manjar que tiene ante ella y cuatro rostros la observan felices a ella, mientras le cantan el cumpleaños feliz y sonrientes fingen soplar las velas y la acarician:

Para Lisa, la mejor cobaya de la casa.

miércoles, 5 de septiembre de 2018

Mirada de viaje

Viajar es perderse.

Supongo que por eso tengo ese afán de coger una mochila y desaparecer aunque sea solo durante un par de días. Porque puede parecer que no, pero viajar es explorar, irse a cualquier parte que quieras ir, y vivir; da igual que sea un año, da igual que sea una quincena, puede que sea incluso solo un fin de semana, no importa, lo importante es vivir la experiencia siempre.

Coger un coche y echarse kilómetros a la espalda; subirse a un autobús, libro en mano, y recostarse en el asiento viendo el paisaje pasar de largo ante la ventanilla. La cola del avión, la espera y por fin la expectación de ver el mundo desde arriba, intentando reconocer cada río, cada lago, cada cadena montañosa y cada llanura. O caminar. Caminar. Y caminar. Hasta que no den más de sí los pies.

Viajar es sentir, es aprender, es ir con el alma abierta dispuesta a empaparte con todo lo que tienes ante ti.

Respirar la lluvia. Sentir el mar. Beber los atardeceres. Besar la brisa.

Hacer un paso tras otro, y otro, por una playa desierta. Maravillarte ante las vistas que se abren a tus pies desde la cumbre más alta. Deslumbrarte por el sol en un atardecer desde un pequeño castillo que transpira historia. Difuminarse entre las calles empedradas que relatan leyendas y romances.

Hacer un paso, y otro, y otro, y praderas que se abren ante ti a la velocidad de un tren en marcha, museos que te descubren el pasado, senderos y caminos que te invitan al futuro, ríos del tiempo por los que perderse corriente abajo deteniendo las agujas entre tus dedos.

Hacer un paso, y otro más, y percibir la mágica diferencia de la luz solar en las distintas latitudes; versar la lluvia, acariciar el frío, atenazar el calor; sorprender al mundo y dejarse sorprender por lo que el mundo te puede ofrecer. Hasta cambiar. Cambiar una pequeña parte de ti. En eso consiste.

Viajar es perderse. Perderse para encontrarse.

Quizás por eso, viajar tiene siempre una magia tan especial.

Nocturnidad clandestina

En las sombras del cenicero el humo se escapa entre las nubes de vaho. La niebla se cuela por la ventana abierta y la noche desteje su manto de solicitudes intentando hallar hueco entre las miradas vacías que la observan con la vulnerabilidad que produce la soledad de la intempestiva madrugada.

Podría buscar entre los rostros un atisbo de sonrisa, pero las canciones no suenan entre la sagacidad de los relámpagos. Ya no quedan billetes en este juego de marionetas hacia ninguna parte y el determinista destino se ha fugado para echarse a las cartas el futuro contra el libre albedrío.

Adiós a la noche, adiós al día. Y vueltas y vueltas rasgueadas en una guitarra eléctrica que deja entrever la necesaria inexperiencia del mundo entre los dedos.

La ceniza se ha desperdigado por toda la superficie del escritorio y los folios en blanco han echado a volar al son de las corrientes de aire frío que entran en oleadas con la respiración del cielo. La lejanía rompe a lo lejos agrietando el inexistente silencio y el mar se bate en un duelo consigo mismo por llegar un poco más arriba en cada marea.

Intenta estar viva.

Pero la luna se ríe en ella mientras le mira con la sonrisa menguante.

Y la conciencia se ha batido en retirada entre todos sus escondrijos. Y los deseos se han suicidado en ristras de sueños que apelmazar en algún cajón de la mesilla de noche. Por lo menos ahí permanecerán seguros ante cualquier vicisitud que pueda proveer la tórrida incerteza del horizonte.

¿Y qué habrá más allá?

Entre las sombras del cenicero el humo se ha perdido en una fina columna que asciende con toda su ligereza hacia ninguna parte.

Como las vidas...

A fin de cuentas.

Adiós sucia patria que no me cobija.

martes, 4 de septiembre de 2018

Juventud, te llamamos

Somos
los de los puños levantados
la luz al final del túnel
la esperanza por el despertar
la venganza del silencio.

Somos
la memoria de los huesos
la paz por la guerra
la lucha por la conciencia
los hijos del tiempo.

Somos
la igualdad por bandera,
somos
la solidaridad entre pueblos,
somos
la utopía del futuro,
somos
la felicidad de la juventud.

En esta tiranía
de cárceles sin rejas,
de anestesia por pantalla en vena,
de opiniones opresoras respetadas,
y eslóganes en camisetas.

En esta tiranía de la posmodernidad
seremos
los que nunca se callarán,
los que nunca se rendirán,
los que siempre empujarán,
los que siempre vencerán.

En esta tiranía de la posmodernidad
traemos la poesía cargada de rebeldía
para no dar ni un paso atrás
en nuestra hilera de sueños por la libertad.

Se viene sorteo

Si sois lectores asiduos del blog habréis visto que desde hace unos meses tengo en circulación en el mercado Generación Rota; vamos, lo que viene a ser que publiqué un libro.

Tras una serie de presentaciones-recitales en diferentes lugares he decidido que ha llegado el momento de darle un poco más de difusión por las redes sociales y para ello he llevado a cabo un sorteo en twitter.

Las normas son sencillas, basta con seguir mi cuenta de twitter y dar rt al tweet.

Si queréis ganar un ejemplar firmado y además de forma gratuita no dudéis en participar ;)

Os dejo el link por ahí arriba o para ir directamente al tweet basta con que pinchéis sobre la foto.

¡Mucha suerte a todos!


lunes, 3 de septiembre de 2018

Escríbeme en la lucha, siénteme en la trinchera

Versos y versos atenazando la piel
venas latiendo de pecho
desgarrando sentimientos
como balas que arracan sueños
e instantes
y momentos
que atrapar por toda la eternidad.

Luchar para seguir,
seguir para luchar,
y no rendirse,
y no vacilar.

Caminar en pos la utopía
para hacerla vívida y real,
podrán cortar todas las flores,
pero nunca acabarán con nuestra esperanza.

Somos sangre que se desborda,
juventud que se atreve,
libertad en nuestras miradas,
paz entre las manos.

Construimos trincheras,
derribamos muros,
levantamos la cabeza
para erguir bien alto el puño cerrado.

Versos y versos dirigiendo el encuentro
arterias de mis dedos
redibujando rimas y lienzos
como metralla directa a quemarropa
y frente bien alta
e inspiración bien certera
que enarbolar la justicia es ardua meta.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Siempre: Monte Alto

Permanezco aquí,
frente a esta ventana,
como siempre,
dejándome llevar por la noche coruñesa.

Y el mar de fondo
y las gaviotas riendo
la brisa entrando
y el calor condensado del ático entre estas 4 paredes.

Como siempre.

Y como siempre me falta algo:
llegar y decir hola
-con voz alegre y alta,
para que me oiga-
saludar
y dos besos
y qué tal
y reír.

Como siempre.

Reír.

Me faltas tú para reír.

Porque es esta casa,
la de siempre,
pero le falta la esencia de tu risa.

Y el mar de fondo
y las gaviotas riendo -ya solo se ríen ellas aquí,
y no son para nada lo mismo-,
la brisa entrando
y el calor condensado de este ático.

Como siempre.

Pero sin ti.

Porque me falta algo:
me faltas tú
y tu risa
y tu mirada de niña buena
que sonríe a todo
para ganarle la partida a los golpes de la vida.

Y lo conseguiste.

Siempre.

Y yo sigo en pie por ti,
para que estés orgullosa;
y ya tengo un coche con todas esas pagas que me diste,
y lo uso para ir de paseo con Lura
como siempre quisiste.

Que viajase y viviese muchas cosas con ella,
haciéndola siempre feliz.

Tan feliz como te hacía ella a ti.

Y yo sonrío,
y te digo que lo haré,
que reirá,
y que lo pasará bien.

Y seremos felices.

Por ti.

Siempre.

Flashback de un día de verano (en la granja de mi nombre)

Pan recién horneado
olor a infancia
y galletas, y galletas sobre la mesa,
mantequilla, tazón de leche,
miradas de sueño
saboreando el instante, el momento.

Campos
y campos
y campos
hasta donde alcanza la vista,
parceladas parcelas que recuerdan el pasado
y el presente vigente de un futuro
que todavía creíamos poder agarrar con las manos.

Noches de estrellas,
sendero de luz que guía el camino
hacia nosotros mismos,
y el frescor
del calor
nocturno
de verano
que entra por la piel
perlando de manto de cielo el mundo sin esperarlo.

Pan recién horenado
aroma a infancia en los labios.

Sabes a Libertad

Surco el mar en tus ojos de esperanza
rozando con los dedos la salitre que se levanta
e impregna mi piel
dotándome del aroma ese
que dices que tanto me caracteriza.

Susurro a la noche las horas para volver a sentir tu ser
y tu voz que me acuna cada mañana,
los atardeceres bañados por girasoles te dan un toque preciosista
como de acuarela recién pintada
con el fondo de la Ría brillando en tu mirada.

Bailo en los días de lluvia
pisando charcos, levantando viento,
sintiendo en mis labios tu aliento
invernal bajo el calor de mi sonrisa sabor verano,
esa que hace que juntos creemos un otoño eterno.

Atrapo los versos al vuelo como quien recita amaneceres
y el horizonte te precede levantando destellos
de besos y abrazos
acunándonos en cualquier banco o en la misma hierba
que llena de verde el cielo y de frescor el amarillo de los rayos.

Buceo jugando con el tiempo
atrapando el momento
sacándole los colores a los sentimientos.

Descanso sobre las rocas de cualquier acantilado
con decenas de cormoranes desfilando
entre los recuerdos de amarnos.

Surco el mar entre tu risa,
frágil caricia,
artística vida,
viaje sin rumbo de ida por las calles de la Poesía



sábado, 1 de septiembre de 2018

Soportar lo malo para ver todos los horizontes buenos

Los cambios no requieren de ilusión, requieren de dolor. Por feo que esté decirlo alguien tenía que recordarlo.
Daniel Bernabé



Arrancarse la piel a tiras para seguir pa´lante
a pesar de todo lo vivido
o más bien por todo lo vivido,
mirar a los lados y al frente
pero nunca con excesiva nostalgia el pasado,
puede nublarnos la vista
y es mejor pisar sobre inseguro
que poner los pies sobre el seguro fango del atrás,
puede hundirnos al menor despiste y tirar por la borda todos los sueños construidos.

Los cambios no requieren de ilusión, requieren de dolor;
y soportarlo
una
y otra
y otra vez
haciendo acopio de fuerzas
y cicatrizando las heridas con bálsamos de esperanza.

Escupir sobre el veneno,
abrirse la herida,
desintoxicarla,
y respirar tranquilos,
incluso cabría decir animados
con la certidumbre de que siempre hay una forma con la que lograr salir a flote
para tomar aire
aún en medio de las tempestades.

Los cambios requieren de dolor,
quizás no del todo,
pero suele terminar por ser inevitable,
por suerte
o desgracia
-preferimos creer que suerte-
siempre hay un paso más que dar,
una sonrisa más que sacar,
una chispa de ilusión con la que seguir,
y vivir
y volar
y aprender a saltar y aterrizar
porque habrá más caídas,
-claro que habrá más caídas-,
pero nos volveremos a levantar
como siempre
hasta respirar paz
y rozar,
de una vez y para siempre,
con los dedos
la palabra Libertad.