jueves, 31 de mayo de 2018

Se viene libro: Generación Rota

Tras meses y meses de preparación, rechazos, dudas y noches en vela, por fin puedo presentaros el sueño de una vida: Generación Rota.

Siempre he escrito como vía de escape, como forma de plasmar mi día a día, como la mejor herramienta para dar rienda suelta a mis sentimientos.

Años y años de escritura y poesía me han guiado hasta aquí, hasta el momento y lugar en que he decidido reivindicar los versos y construir con ellos la trinchera tras la que dar cobijo a tantos y tantos que se han sentido alguna vez desamparados bajo este sistema que no deja de ahogarnos.

Es la hora de transformar la realidad y unirnos, porque juntos somos más fuertes y ya era tiempo de que la poesía recuperase su lugar en esta batalla y gritase las cosas altas y claras.

Si este libro ayuda, aunque sea un poco, a resistir, soñar y mantener las esperanzas, habrá cumplido su cometido.

Por último dar las gracias a quienes me han permitido forjar este camino en los grandes desafíos y en las luchas del día a día, y por supuesto a Lura, quien nunca se ha rendido, y Brais, que siempre ha creído en mí.

Y gracias a Tres Voltes Rebel por la portada, por dar el toque definitivo e imprescindible que necesitaba este libro.

"Revolución es unidad, es independencia, es luchar por nuestros sueños."


domingo, 20 de mayo de 2018

Hay rincones que permanecen intactos, por siempre jamás

Estoy frente a esta ventana de Monte Alto. De nuevo. Después de tanto tiempo.

La brisa trae sabor a salitre. Las gaviotas chillan despidiéndose del sol hasta el día siguiente. La luz se esconde poco a poco por los rincones. Y los olores de esta casa y esta ciudad siguen en su sitio.

Todo está exactamente
como si después de tanto tiempo el mundo exterior no hubiese hecho más que girar, pero el interior,
este microcosmos,
se perpetuase creando un refugio al que asistir cuando todo se derrumba.

Me siento bien, me siento calmadamente bien. Me sumerjo en una sensación de bienestar y paz interior. Un mar de quietud en el que puedo dejarme mecer durante horas y horas como si todo siguiese igual. Aunque nada esté igual
y mi mente insista una y otra vez en que no me autoengañe, que deje de sentirme bien
porque nada está bien,
que deje de sentir como si todo fuese igual
porque nada está igual.

Y mi mente y mi corazón discuten. Uno se retrotrae a hace meses, cuando estaba en esta casa y todo estaba en orden y todo estaba en su sitio correcto y nada había cambiado. La otra me susurra continuamente que ya no estoy hace meses, que estoy en mayo, de 2018, y todo es diferente, que esta casa está vacía, y que yo ya no vivo aquí, que mi mundo se ha ido por la borda y ahora solo puedo reconstruir uno nuevo y tirar pa´lante como buenamente pueda.

Estoy frente a esta ventana de Monte Alto.

Fuente de inspiración, trampa de fantasmas, recoveco de demonios, cáliz de eternidad.

Estoy frente a esta ventana de Monte Alto
y todo se antoja tan remotamente idéntico
que sisea una especie de resorte en mi mente que intenta dar la voz de alarma
para que mi alma no se deje atrapar por el tiempo,

como si jugar al futuro y al pasado no fuese otra cosa que sentarse en el presente
sin caminar en ninguna dirección,

cuando solo es síntoma de apatía y miedo,
a partes iguales.

Estoy aquí. De nuevo. En el teclado. Aporreando letras, 
sin ton ni son, 
sen son nin ton
como un volátil lienzo con el que delinear sueños, esperanzas, miedos y recuerdos.

Estoy aquí, de nuevo, y los olores revolotean por todos lados,
y yo,
para bien o para mal,
me siento irremediablemente bien
desbordando por todas mis venas esa especie de paz idescriptible que sientes
cuando vuelves a casa después de mucho
mucho
mucho
tiempo,
y eso
para bien o para mal
es lo que yo ahora mismo siento.

Porque estoy
aquí
de nuevo:
Estoy frente a esta ventana de Monte Alto. De nuevo. Después de tanto tiempo.

Y paz
y libertad
es lo que siento.

lunes, 14 de mayo de 2018

Noches sin nombre en un bar inolvidable

Brindamos por la vida en una madrugada sin fecha. En una de esas estampas habituales de un jueves cualquiera en que la resaca corre por nuestras venas a la galopante velocidad de las grandes epopeyas de altas horas de la noche. La cerveza rulaba de caña en caña y las mesas comenzaban a estar mojadas de las sobras de alegría que se volcaban cuando el vaso estaba hasta arriba de felicidad y con dos dedos de libertad. Los idóneos para lograr lo que uno se proponga.

Que los debates nunca falten. Podría ser el lema de ese lugar. Pero también la amistad y la solidaridad. Y cúmulos y cúmulos de noches universitarias en que el tiempo se nos pasó demasiado deprisa como para mirar atrás y hacer recuento de las luchas habidas y por haber. Que contamos más sueños y falsas proposiciones de triunfos que aspiraciones a tocar el cielo y entre paseo al baño y paseo a pedirle otra ronda a Carlos, hemos atesorado más memoria que toda la desmemoria de la mañana siguiente tirados en cama intentando recopilar las horas que nos desaparecieron entre los dedos.

Y el mar siempre presente, con la salitre mezclándose con la niebla, con ese regusto de noche tan coruñesa en pleno invierno y con el abrigo, la chaqueta y las manos en los bolsillos y la sangre hirviendo en las arterias. Y salir afuera, a fumar, como excusa de quedarse solos y hablar en privado. ...y buah tío, que hoy se lía a topísimo. Y esta noche a fuego, pero nada de rajarse ¿eh? E insistir en ese eh, como si todo el mundo cupiese en una palabra, en una expresión, y como si todas las expectativas acumuladas a lo largo de la semana se plasmasen en ese instante de salir afuera y echar una calada al pitillo con una caña en la mano.

Las chispas de las miradas se disparan a estas horas, o quizás sea el alcohol el que me engaña y aquí no hay nada, pero por probar que no sea. Quien no arriesga no gana. Y arriesgamos tanto que solo pudimos lograr ser más felices que dinero nos quedaba en la cartera tras tantas cañas a un euro del famoso Faluya.

No se puede salir por Coruña sin ir al Faluya. Siempre se lo hemos repetido a todo el mundo que conocíamos en un bareto cualquiera o en medio del botellón de los Jardines. Ese lugar es increíble, no se puede describir su esencia. Y no se puede. Supongo que por eso ahora intento dejarlo plasmado en estas líneas, como una especie de homenaje tras tantos años entrando por esa puerta. Porque entrar era un ritual en si mismo. Y esquivar a toda la gente que estaba delante, su iniciación. Solo para lograr atravesar los obstáculos y saludar. Porque esa es otra, allí siempre hay alguien para saludar. Es imposible no conocer a nadie, porque años y años crean la rutina y en ella no podía ausentarse el salir todas las semanas. Los habituales lo saben, y por eso no faltan.

Y se ha acabado el cigarro y tantas reflexiones desaparecen de la mente con el humo. Voy un momento al baño y vuelvo y los veo a todos riendo y las miradas brillando de amistad. Y miro al frente y el tiempo me devuelve a la realidad. Tarde o temprano esto se acabará y nos tocará poner nuestra foto en la pared. Como una orla de los recién graduados que se han tenido que ir y dejarlo todo. Para no volver en mucho mucho tiempo.

Me quedo callado. En trance. Saboreando el instante de sentirse en casa y regusto a despedida.

Y las risas.

Y todo me devuelve al presente. Y la cerveza. Y la fiesta. Y la gente. Y los debates. Y las sonrisas.

Y las 3 de la mañana. Y el Faluya cierra. Y nos tenemos que ir a otra parte.

Rumbo al Orzán.

En otra calada del cigarro. Si tal.



viernes, 11 de mayo de 2018

Una mañana de sol entrando por la cocina a modo de caricia

La puerta de su habitación se abre, y la escucho caminar, el sonido de sus pasos asciende hasta mi habitación, arrastrándose escaleras arriba como arrastra ellas sus zapatillas por el pasillo y su bata rosa en las mañanas de invierno.

Y yo me desperezo y remoloneo unos minutos más en cama, dejándome bañar por los rayos de sol que se filtran por el estor de mi ventana, que tapo con una caja de cartón para impedir que se cuele más luz de la necesaria por las noches y aún así no logra cumplir del todo su función. Se está calentito en cama y que pereza salir. Abajo escucho la cafetera y el cazo y a la Yaya trastabillando por la cocina. Cuento hasta diez, hacia atrás, y me envalentono para salir. Me pongo el chandal y me abrigo con una bata. En pleno enero esta casa es un congelador y nosotros los cubitos de hielo.

Bajo del ático, voy al baño y entro en la cocina. La Yaya con manos temblorosas corta trozos de pan duro y los baña en la leche, dejándolos flotar, sopa de pan, le llama, sopa de pan con leche y una gotita de café, más concretamente. Me mira y me sonríe. Hombre, ya te levantaste, ¿te desperté? Y yo respondo que no, que tranquila, que llevaba un rato despierto, pero me daba pereza salir de cama. Haces bien, si no hay prisa para que vamos a levantarnos pronto. Mira, las 11, como marqueses por su casa. Y yo asiento y sonrío y le cuento que me acosté a las 3 porque estuve haciendo animación, todo esto mientras cojo mi taza, la taza de toda la vida que he usado siempre en esta casa -marrón semitransparente, color vidrio desgastado por el tiempo, pero que en realidad siempre fue así-, y pongo a calentar la leche en otro cazo. ¿Qué quieres comer hoy? Me da igual, lo que quieras, le respondo y ella insiste. Tú pide que yo te lo traigo. Y ella, que me conoce y me mima siempre me ofrece ¿te traigo unos filetes y hacemos tortilla de patatas? Y yo sonrío, y le digo que vale y miro en la nevera y le recuerdo que tenemos casi dos docenas de huevos, que no hacen falta más y que ni se le ocurra traer yogures que tenemos todo el estante lleno y se nos van a caducar. Y ella se ríe, ya me estás riñendo. Y le protesto porque no le estoy riñendo. Ya lo sé mi currusquiño, si tú lo haces por mi bien, es por meterme contigo. Y nos reímos.

Me lavo los dientes y subo y enciendo el portátil y me pierdo por twitter y facebook. Reviso el correo, me pongo música y doy un par de vueltas por la habitación ordenando un poco las cosas antes de ponerme a trabajar. Abro Maya y ya me da pereza. Vuelvo abajo, la Yaya me llama. ¿Filetes no? Y yo asiento y le digo que sí y que se acuerde que tenemos huevos de sobra. ¿Algo más? Nada más -le respondo tajante, pero sonriente-. Las cosas se entienden mejor siempre con buenas palabras que con gritos y mi abuela y yo siempre nos hemos entendido muy bien a nuestro modo y así de bien siempre hemos convivido. 

Ya van para 3 años que vivo con ella y no puedo estar más contento. En los pisos siempre eran problemas con los compañeros, o gente muy pesado o gente que pasaba de todo. Y luego lidiar con el casero, con las facturas, las fianzas y mil movidas por el estilo. Aquí, todo es más sencillo.

Y me siento frente a Maya y me pongo con animación. Y dos horas después a comer. Filetes empanados con tortilla. Lo prometido sabe mucho mejor. Y esa tortilla nadie sabe hacerla igual, y los filetes son únicos en su especie. Y devoro 3 o 4 y media tortilla y aún así parece que no es suficiente, porque la Yaya, como siempre, dice: Comiste como un pajarito. Y yo le respondo que no puedo más, que sino estoupo y ella se ríe y cógeme un yogur y yo se lo cojo, uno para mí y otro para ella. Y terminamos de comer. Y miramos la hora. Y son ya las 4. Comimos como marqueses. La misma frase, a la misma hora, todos los días, e igual de entrañable siempre.

Vuelvo arriba, a seguir trabajando. Pasa la tarde. Yo en mi habitación, ella en la sala, la tele encendida. ¿Te molesta? No, tranquila. ¿Bajo el volumen? No, está bien así, no me molesta tranquila.

Y a la hora de la merienda bajo junto a ella. Y jugamos a las cartas. Y hablamos. Y reímos. Como siempre. Y vuelvo a subir las escaleras de nuevo. Y vuelvo a bajar para ir al baño. Y le enseño el culo y me doy una palmada y ella se ríe y yo me río. Me encanta hacerla reír.

Llega la hora de la cena. Y la misma conversación que para la comida, pero ahora con la cena. Espinacas, huevo cocido y pescado. Llegamos a esa conclusión. Hace mucho que no te hago pescado. Así que toca pescado. Y cenamos en la sala viendo Big Bang y luego Gap Year. O quizás eso fue en otro mes, en mayo-junio creo, los recuerdos se mezclan. Y se ríe de Sheldon, el parrulo le llama. Y yo me río. Y me pregunta por el día. ¿Llamaste ya a Laura? La llamo luego le respondo. Así me gusta, que la llames. Mándale muchos besos de mi parte. Es muy riquiña. Y yo asiento y sonrío. Como con todo lo que dice. Porque me hace feliz.

Y se queda dormida viendo la tele. Y se despierta, y la compañía es muy agradable, pero me voy ya a la cama. Y yo le digo que vale, y le ayudo a recoger y se acuesta, no sin antes darme muchos besos de buenas noches. Y yo a ella. Y otro. Y otro. Y otro. Y hasta mañana si Dios quiere. Y otro beso de buenas noches de regalo. Y este para Laura.

Y yo me quedo viendo la tele. Y luego llamo a Lura como le dije. Y trasteo en el ordenador. Y leo un rato. Y luego, al final de todo, bajo el estor, coloco el cartón en la ventana y me voy a dormir. Y apago la lamparita de noche. Y hasta mañana si Dios quiere. Y sino... también.

jueves, 3 de mayo de 2018

Cerrado por ansiedad

Y mil fantasmas revolotean
entre la espesura de la oscuridad,
susurran tormentos de miedos
retando a la valentía a duelos sin piedad.

La esperanza yace inerte en un rincón
y las ilusiones se apagan como velas en medio de la tempestad,
no caben sino batirnos,
no cabe sino rendirnos sin luchar.

Tiempos de demonios esperan
acechando en las tinieblas del más allá
la suerte se ha fugado
y perece, entre paredes putrefactas de maldad.

Temores anidan en la luna
y las estrellas supuran al sangrar,
ya no hay calma en esta orilla
solo quedan retazos de ansiedad.

Y mil fantasmas revolotean
entre la espesura de la oscuridad,
susurran tormentos de miedos
retando a la valentía a fallar.