Este año
no tuvo manual de instrucciones,
pero nos enseñó igual.
Hubo días de playa
con sal en la piel
y problemas que parecían más pequeños
desde la orilla.
Atardeceres que prometían que todo iba a ir bien,
aunque no supiéramos cómo.
Viajamos sin saber exactamente qué buscábamos más allá de a nosotros mismos
e hicimos planes que cambiaron sobre la marcha
descubriendo que perderse
a veces también es llegar a algún destino.
Aprendimos a base de intentarlo,
caer, fallar, repetir
y entender
que no todo depende de nosotros
(y eso también es un descanso).
Reímos mucho,
de verdad.
Risas que salieron sin permiso,
momentos cotidianos, simples,
que ahora son imprescindibles para cuando nos asalta la tristeza o la soledad,
recuerdos de esos que dan calor en la tempestad.
Y es que las amistades pasaron de puntillas algunos días
y en otros vinieron para sostener el año.
Personas que fueron hogar,
otras que fueron lección.
Las que estaban en los buenos planes
y en los días raros.
Las que saben que algo pasa,
pero no preguntaron demasiado,
porque acompañar también es cuidar, sosteniendo, dando alas.
Y las que por mucho que lo intentaras,
te permitieron comprender
que querer
no siempre significa quedarse,
pero que siempre deja algo a su paso.
Este año fue un buen año,
no de esos perfectos de reel de instagram,
pero fue un año real.
Fue un año de aprender, de caer, de insistir,
de avanzar,
de celebrar lo pequeño
y agradecer nuestras pequeñas victorias.
Y ahora que se va,
nos deja eso que no se pierde nunca:
los recuerdos,
las personas,
y la certeza
de que, a nuestra manera,
lo hicimos bien.
Y eso hace que haya valido la pena todo lo demás.
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