Soñaba con ser libre, tocar las nubes del cielo y oler el
rumor de las olas.
Soñaba con volar de nuevo, ser un alma libre sin rumbo ni
responsabilidades.
Cada año era una sucesión de hojas arrancadas del calendario
que marcaban los tiempos para la llegada del verano, su estación mental.
Amaba el verano, sentir la libertad en los pulmones y el
calor en el alma. Amaba la sensación de no parar quieto ni un solo instante,
sin horarios, sin rutina. Levantarse a la hora que el cuerpo lo pidiese, leer cuando la mente lo pidiese, saltar y correr cuando el cuerpo le llamase, comer
cuando fuese necesario, y besar cada vez que se lo suplicase el corazón.
No era una persona de promesas de amor, no es que nunca se
hubiese enamorado, pero esa época había quedado atrás. Él era una persona libre
y como tal así vivía, tampoco le mentía a nadie ni le hacía daño, ambos sabían
lo que esas relaciones suponían y cuál era la línea que no se podía rebasar.
Sin promesas, sin sueños rotos, sin corazones dañados; solo ellos dos, el
momento y las ganas.
Como buen vividor de la vida sabía apreciar sus pequeños
momentos: el cabalgar las olas, los rayos de sol secando su piel e iluminando
su mirada, las hogueras al anochecer, las cervezas en la playa, y el viento
jugueteando con su pelo.
Soñaba con soñar. Hay quien sueña con lo que nunca llegará y
hay quien vive en un sueño. Él vivía simplemente, recordando el pasado, soñando
el futuro y viviendo a tope el presente. La velocidad era una constante en su
ritmo diario, y en esas situaciones no te puedes permitir perder ni un solo
instante en pensar en lo que nunca sucedió y anhelar lo que nunca ocurrirá. Lo
que él soñaba era para cumplirlo, las esperanzas rotas eran para los perdedores
y él tenía bien claro que era un ganador. No significa que hubiese nacido con
una estrella y que todo le saliese bien, al contrario, era una persona en
muchas cosas mediocre, pero esa falta de cualidades era suplida por una
incansable fuerza de voluntad que le llevaba siempre a triunfar. Una vez le
llamaron negado, un mes después había superado con creces el nivel de esa
persona.
Vive al límite, lo alcanza y lo supera con estilo, riéndose
de él por el camino y alcanzando las metas que se propone. Su máxima es mirar
la vida por encima del hombro. Si algo le supera, lo esquiva y le planta cara
desde otro ángulo. Se dio cuenta de que todo depende del punto de vista, y los
problemas que parecen insuperables se convierten en nimios cuando sabes
apreciarlos de la forma correcta.
Adora el verano, lo saborea y lo reinventa; es su estado de
ánimo, su estación y su ritmo vital; quizás por eso solo aflora su verdadero ser
en esa época del año. Y cuando eso ocurre el resto solo puede intentar
acercarse a él y admirarlo, mientras aspiran a cruzarse en su vida durante un breve período de tiempo.