domingo, 8 de julio de 2018

Camino por los años bajo destellos de salitre reflejados en el mar de los recuerdos

Estoy frente a esta ventana de Monte Alto de nuevo y no puedo evitar hacer recuento de momentos, de instantes, de años, de vivencias, como cuando me quedaba en junio en esta casa, en casa de la Yaya y me iba por la mañana a la playa un rato en camiseta de tirantes y las chanclas, la toalla al hombro y una bolsa de tela para meter el reloj. Y me iba a la playa mientras la Yaya preparaba la comida, y me daba un chapuzón y buceaba
en esa agua tan clara y fría que es el Orzán cuando muestra su faceta tranquila y conciliadora, como invitándote a conocer ese mar que puede ser tan amistoso o irascible, pero siempre muy mágico.

Y luego del baño me secaba y aún con el pelo revuelto y goteando subía de vuelta para casa, toalla al hombro, bolsa de tela y camiseta de tirantes con chanclas, mientras escuchaba alguna canción veraniega como esa que me gusta tanto de Tierra Santa o la de One Direction que invitaba a vivir mientras fuésemos jóvenes. Y eso hacía.

Y al llegar a casa la Yaya me recibía en la cocina con un susto, pues nunca se esperaba que ya llegara y qué pronto que has llegado y yo qué hombre, que ya son casi las 3 y ella buena hora para comer. Y nos sentábamos a la mesa: filetes empanados y arroz o quizás tortilla de patatas, depende del día, siempre intentaba mimarme mucho. Y al terminar mira qué hora es, hemos comido como marqueses o la otra tonadilla habitual: estoy fartuca.

Y ella quería ya recoger y yo la convencía de ir un rato a la sala a bajar la barriga y enseñarle fotos en el portátil o ver simplemente la tele. Y ella reconocía a la gente que le enseñaba habitualmente y se reía de mis fotos de fiesta y qué cara de interesante que me tienes aquí. Y yo sonreía. Siempre sonreía cuando estaba con ella.

Y luego se iba a recoger para irnos temprano de paseo, a fardar de nieto y tomar un helado en la Torre, como siempre, limón para ella, chocolate y vainilla para mí. Y después reanudábamos la marcha, de aquella no iba tan mayor y tenía más aguante, aunque fuerzas nunca le hayan faltado, y dábamos toda la vuelta al Campo da Rata y bajábamos por Adormideras y subíamos por San Amaro. Y mientras paseábamos hablábamos de todo y de nada, como las mejores conversaciones que hay en esta vida, esas en las que vas hilvanando un tema tras otro sin cansarte y sin darte siquiera cuenta de como iban pasando las horas. Y muchas fotos. Siempre muchas fotos para dejar constancia del momento.

Y subíamos por un lado del cementerio y ya se nos empezaba a hacer cuesta arriba el paseo y nos sentábamos agotados en el sofá: estoy baldada y se reía -muy buen paseo-.

Y un rato de tele para que los pies respiren del esfuerzo y a hacer la cena: Huevo y espinacas o puré con salchichas.

Y ver la tele hasta quedarse dormida y bueno, yo me voy a dormir aunque la compañía sea muy grata.

Y al día siguiente vuelta a empezar, aunque seguramente la convencía de que se viniese a la playa conmigo y nos íbamos a San Amaro y ella se mojaba con su cubito para no tener que meterse entera en el agua y yo la acompañaba y luego me zambullía y nadaba un rato y de vuelta a casa y otro día fantástico.

Ese mismo verano repetimos en agosto esta vez los tres: Brais, la Yaya y yo; era 2014 y muchos sueños por delante. La vida se resumía en reírnos todo el día entre bromas mutuas y paseos y visitas. Cuando íbamos los dos era una semana intensa y seguramente la Yaya tenía que descansar el resto del mes, pero como una niña más se afanaba en seguirnos el ritmo y no quedarse atrás en esos instantes de felicidad.

Playa, casa de las ciencias, casa del hombre, acuario... Tanto daba, la cuestión era hacer muchas cosas aprovechando al máximo los días. Y vaya si lo hacíamos. De eso no hay duda. Y como muestra quedan abundantes fotos y unos cuantos vídeos. Ya dije que ella no se quedaba atrás en nuestros juegos y tal como postureaba en fotos frente al espejo de un ascensor te echaba una batalla de carros cantando la de mi carro me lo robaron y el carro no sé, pero las carcajadas sí que nos las robaba.

* * *

Los momentos vividos se guardan bajo llave y basta una pequeña chispa para que salten como un engranaje que parecía oxidado, pero que continúa igual de preparado que siempre. Supongo que eso es lo que me pasa cuando me siento a escribir frente a esta ventana mientras la brisa marina coruñesa hace danzar la cortina y juguetea con los mechones de mi pelo.

La mirada distraída
la sonrisa de niña pequeña
y las buenas noches que nunca faltaban con muchos
muchos
besos.

Y yo que sigo escribiendo cuando puedo frente a esta ventana de Monte Alto
y que con mis letras intento hacerte vívido recuerdo.

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