A veces la vida nos sorprende entre la cotidianidad con ciertos ramalazos de nostalgia. Leyendo ahora mismo a Sharif me ha sucedido eso. En realidad me sucede cuando leo poesía de la sucia cotidianidad.
-Nunca he sabido cómo denominar a esa poesía que habla del día a día, de la ciudad, del barrio, de la noche y las borracheras, de la escritura y del humo, del frío y de las alegrías, del calor y de las tristezas. Esa poesía, humana, a fin de cuentas, que cultivaron Escandar, Sharif, o cualquier poeta que solo quiere narrar su día a día, como si temiera desaparecer el día que olvide su vida.-
Eso me ha sucedido hoy, decía. Y conjugándose recuerdos reales y memorias de vidas no vividas, me he transportado a Venecia, a los pies de Santa Maria della Salute y he recordado ese poema que escribía al atardecer en una libreta mientras Laura bailaba feliz de estar allí. Y ese momento lo recuerdo muy feliz, porque nada más importaba que el presente indefinido suspendido en el instante en el que estábamos allí.
- Al atardecer de Santa Maria della Salute
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