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martes, 24 de junio de 2014

El Palacio de Cristal

El viento se colaba por las rendijas y tonteaba con las corrientes de aire jugando a componer melodías graves que recordaban al órgano de la capilla de su colegio.

Avanzaba despacio, guiado por una especie de halo de luz que serpenteaba a través de chispas azules. Cada poco tiempo, el fuego fatuo se detenía y desaparecía para reaparecer de nuevo a escasos metros de donde él se hallaba.

Pocos minutos después, una estructura gigantesca digna del trabajo de un titán se alzaba frente a él. El Palacio de Cristal era una reliquia del pasado, de un siglo en que la industria textil emergente había afianzado la posición económica de la nueva burguesía catalana. Construido como centro de ocio para las reuniones y fiestas de la clase dominante, había conocido su mejor época hace décadas. Ahora, tras el hundimiento de esas familias, y la posguerra, el Palacio de Cristal había sido abandonado; convirtiéndose, así, en un esqueleto de vidrieras que dejaban traslucir la luz a través de sus cristales semiopacos a causa del polvo del tiempo y la vegetación salvaje que poco a poco se ha ido hacienda dueño del lugar.

Guiado incesantemente por el fuego fatuo, se internó en la boca de la cristalera. El lugar era mucho más lúgubre de lo que exteriormente semejaba. Su esplendor pasado solo se reflejaba en las pocas imágenes de las vidrieras que habían sobrevivido al paso de los años.

Al poco, llegó a otra habitación, en la que, para su sorpresa, descubrió que el Palacio de Cristal no era ese lugar idílico que los libros describían. Colgando del techo, había cientos de marionetas fabricadas con un material, aparentemente, muy semejante a la carne humana. Se acercó más y comprobó que sus primeros temores eran fundados, pues algunas de las figuras todavía goteaban sangre; recordando, a todo aquel que se acercase, que hubo un tiempo en que habían sido humanos de verdad.

De repente, un halo de aire helado hizo desaparecer el fuego fatuo y cerró las puertas de golpe. Como si de una señal del mismísimo infierno se tratase, las marionetas giraron bruscamente la cabeza en dirección al intruso, mientras mostraban unas dentaduras que podrían haber sido alguna vez de un lobo. Instantes después, guiadas por una fuerza sobrehumana, comenzaron a avanzar en dirección al único ser vivo de la sala.

Horrorizado, echó a correr hacia las puertas, pero estas, probablemente forzadas tras el golpe de viento, se resistían a abrirse. Augurando al intruso que pronto sería uno más, otra de esas figuras del averno. Recordando que el Palacio de Cristal se cobra todas las almas que osan internarse en su reino de sombras y muerte.

domingo, 10 de noviembre de 2013

El último día del verano

El mar reluce al fondo reflejando rayos que juguetean con las olas creando luminosidades irreales de tonalidades turquesas con toques de rubíes.
Desde tierra la observo. Ella está allí, sentada al final del muelle con los pies colgando en un débil balanceo. El sol poniéndose en el horizonte recorta su silueta y la rodea fundiéndola en una neblina de irrealidad.
Mi primera reacción es acercarme a ella, pero mi miedo a que esa mágica escena se volatilice hace que permanezca inmóvil durante unos instantes que se me antojan una eternidad. Finalmente, armándome de valor decido ir a su encuentro.
A medida que avanzo su contorno comienza a definirse permitiéndome observarla con mayor detenimiento. Me aproximo a ella mientras mis pasos resuenan en la madera crujiendo. A pesar del ruido ella no se mueve y continua en su ensimismamiento del que solo parece salir cuando me siento a su lado al final del muelle.
-Al final has venido- dice en un tímido susurro sin dejar de contemplar el mar.
-¿Cómo no iba a venir? Es el último día del verano…- yo tampoco dejo de mirar al frente.
Ella afirma con un leve movimiento de la cabeza y murmura. –Es cierto…-
Es verdad, es el último día del verano y eso se nota. Se respira en el aire una especie de morriña propia de finales de verano que se impregna en todos y cada uno de los elementos del paisaje. En unos días todo se acabará, la rutina regresará inevitablemente a uno y la magia del verano desaparecerá para pasar a vivir solamente en la memoria.
-¿Recuerdas el primer día del verano? Vinimos aquí con todos a bañarnos y a pescar y tú te caíste con todo, móvil incluido- esta vez se gira para mirarme y me dedica una sonrisa tímida pero pícara.
-No me caí, me tiraron y lo sabes- ahora soy yo el que sonríe acusatoriamente.
-No fue intencionado, simplemente tropecé con Sara. Fue un accidente-.
-Un accidente. Ya… Claro… No te lo crees ni tú-.

Las sonrisas cobran fuerza y se transforman en carcajadas; al principio fuertes, luego relajadas, hasta que poco a poco van perdiendo fuerza y se impone el silencio. Un silencio en el que hay una complicidad que se aprecia en el juego de miradas que existe entre nosotros.
La calidez del atardecer y la magia del verano se respira en toda ella.
Viste sencillo, acorde con su personalidad, sin más adorno que una trenza de cuero que cae entrelazada entre algunos de sus mechones azabaches que le caen suavemente a la altura del hombro. Al final de esta, colgando, hay una pequeña caracola perlada con fulgurantes y vivos tonos amarillos. Guiado por la trenza, hipnotizado por unos instantes, observo detenidamente una translúcida camiseta verde que le cae holgada y permite dilucidar unos pequeños, pero turgentes pechos que serían la fantasía de cualquiera. Su risa me despierta de mi hipnotismo y sonrojado bajo la mirada, lo que permite detenerme en sus short color vaquero de los cuales cuelgan unos pequeños flecos. Situadas al lado de su muñeca, en la que reluce una pequeña pulsera con un fragmento de nácar, hay unas pequeñas sandalias perfectamente alineadas.
Otra vez su risa, su mágica risa capaz de hechizarme durante horas. La miro atraído por su canto de sirena y veo como me sonríe tímidamente. El sol del verano ha coloreado su habitual pálida piel y ahora presenta un agradable moreno poco frecuente en ella que no hace sino embellecer sus grandes y profundos ojos negros, perdición de héroes e imperios. Ojos amables y tiernos, pero capaces de transmitir una fuerza que parece ajena a ese frágil y escultórico cuerpo, y en cambio son el eje de una profunda mirada rebelde y combativa que no comprende las miserias del mundo.
Cuando se ríe sus pendientes, unos simples aros grandes, bailan al viento; los mechones de su flequillo danzan sobre su frente y sus ojos, y su pequeña nariz se arruga ligeramente para juguetear con las pecas que la cubren a esta y a sus mejillas. Toda ella es una harmonía constante, una belleza que parece salida de las más hermosas obras de arte.
-¿Qué miras tan concentrado?- comenta otra vez de forma pícara.
-A ti- le respondo con tono cómplice.
-Tonto- me mira sonrojada, sin poder evitar una pequeña sonrisa, para luego mirar de nuevo hacia el horizonte.
Lucía es tímida, eso nunca hay que olvidarlo, aunque la verdad es que yo tampoco me quedo corto, a pesar de que muchas veces, de forma inconsciente, tiendo a tomar las riendas de la conversación; no así hoy. Toda ella es calidez y ternura velada por una cortina de timidez que la protege de un mundo cruel y cargado de incongruencias. Cada una de sus palabras son caricias en el alma arrulladas por la dulzura de su voz. Hay muy pocas personas que tengan un corazón tan puro, y Lucía es una de ellas. Su fidelidad y bondad solo son equiparables a su curiosidad. Su belleza, así, no se limita solo a lo físico, pues su personalidad es transparente y hechizante. Ella es un ángel reencarnado en el cuerpo de una muchacha maravillosa.
-¿Sabes? Me gustan las puestas de sol. Son preciosas.- Intrigado me giro mirándola. Ella me sonríe y continúa.
-Solo en el atardecer eres capaz de apreciar toda la esencia del día. Es en ese instante de máxima transparencia cuando descubres la magia del horizonte. Por eso me gustan las personas que solo son transparentes cuando las conoces completamente, que solo sacan a relucir su esencia tras un largo camino junto a ellas. Es ahí cuando descubres su magia-. Tras decir esto se queda callada, con la vista puesta en el horizonte. Durante unos minutos reina un silencio solamente roto por las pequeñas olas que chocan contra el muelle. Yo no se que decir así que me limito a observarla. Hay algo en su mirada que me cautiva, es como si en sus ojos brillase, desde hace un rato, una chispa que no se encendía en mucho tiempo. Su mirada, dirigida al frente, es más decidida que nunca.

-Es por eso que solo comparto un atardecer con personas en las que existe ese hechizo en su interior. Me gusta tu magia, Borja, lo supe desde el primer día-.  Ante esa afirmación solo atino a quedarme boquiabierto, incapaz de reaccionar a lo que acababa de escuchar. Ella entonces me mira y sonrojada, pero decidida, se acerca lentamente hacia mi, pero sin pausa hasta que roza con sus labios los míos. Es en ese instante, con los últimos rayos veraniegos del sol como escenario y el mar como orquesta, cuando nuestros labios se funden.

miércoles, 24 de julio de 2013

El río

El camino ahora era un sendero sombrío que serpenteaba entre chopos y abedules. Las mariposas al revolotear teñían de vivos colores el paisaje estrecho mientras los pájaros adornaban el paisaje de armoniosas notas y gorgoritos. También había un río, no lo veía pero podía sentirlo. El ambiente era más fresco de repente, además podía olerlo y oírlo. Olía a frescor veraniego, a recuerdos, olía a felicidad. -¡Borja!- Una sonrisa le sacó de sus pensamientos -¿Qué haces? ¡Venga! Date prisa, ya casi llegamos-. Le dijo alegremente Estefanía. Y acto seguido vio como de un brinco echó a andar de nuevo, mientras daba saltitos y al mismo tiempo movía los brazos. Parecía que flotaba.
Siguieron un rato caminando, él en silencio y ella canturreando alegremente. Al poco llegaron a una zona donde el río hacía un remanso. Debía de haber varios quilómetros hasta el pueblo.  -¿Nos sentamos?- Dijo Fanny. Se sentaron al borde del río y ella empezó a descalzarse de sus sandalias. Borja la miró con curiosidad. –Ya verás que fresquita está el agua- Mientras le decía esto le miró con sus hermosos ojos azules y él le devolvió una mirada risueña. Recordaba perfectamente la primera vez que había visto esos ojos, hacía ya tantos años. Fue la primera vez que fue al pueblo. Desde que tenía 5 años veraneaba en este pueblo. El primer día echó a andar con su bicicleta hasta que llegó a un parquecito solitario, allí había una niña de cabellos rubios balanceándose. Apoyó la bici en una valla y se acercó a ella.
–Hola ¿qué haces?- La niña levantó la cabeza y él quedó deslumbrado ante lo que vio: Unos ojos azules profundos como no había visto antes, solo en películas de países lejanos que tenían nieve en navidad y estatuas gigantes verdes con un brazo levantado.
-Me columpio- Aun desorientado ante aquella visión celeste intentó hablar para no parecer un tonto. –¿Y no te aburres?- -También pienso… ¿Tu sabes por qué las libélulas vuelan tan rápido?- Eso lo dejó todavía más desorientado, ¿de qué estaba hablando? –Libe… ¿Libelúlas?  ¿Qué…? ¿Qué es eso?-  
-¿No sabes lo qué es?- La niña no paraba de sonreír alegremente, parecía simpática. –Son unos bichos que vuelan y viven cerca de los ríos.-
-Ah… Es que solo fui una vez al río y mis papás dicen que era muy pequeño y que no me gustaba ni la hierba ni el agua.-
-¿No eres de aquí?-
-No…-
-Ya decía yo que no te conocía… ¡Ven! ¡te llevaré al río y verás libélulas, no libelúlas ji ji-
-¿Está lejos?-
-No, solo hay que bajar esta cuesta. Me llamo Fanny-. Dijo sonriente mientras le tendía una mano –Me caes bien ¿Eres simpático? Quiero ser tu amiga ¿Quieres ser mi amigo?- Él le dio la mano mientras respondía –Me llamo Borja, ya somos amigos-. Ambos sonrieron.
*             *             *
Desde ese día fueron inseparables y la espera hasta el verano siguiente para poder verse se hacía eterna. Pero este último verano algo había cambiado, ya no la veía igual. Al llegar lo que se encontró fue una joven echa y derecha, él tampoco era el mismo, la pubertad se había abierto paso en los dos.
De repente un golpe frío lo devolvió a la realidad. Se miró de arriba abajo, estaba empapado.
-Je je, eso te pasa por no escucharme-. Fanny acababa de salpicarlo con la mano.
-Lo siento…-
-¿Te estaba diciendo si recordabas la primera vez que vinimos al río?- Como no iba a recordarlo. Fue después de conocerla.
*             *             *
Bajaron la cuesta que ella dijo y al ver el río a lo lejos comenzaron a correr. -¡Vamos Borja!¡Corre!- Fanny era siempre una nube de alegría.
-¿Espérame!- Cuando la alcanzó, ya en la orilla quedó fascinado. Cientos de libélulas revoloteaban a su alrededor y sobre la superficie del agua. Un espectáculo de colores, un arcoíris sobre una aurora boreal. Todo se movía, todo giraba a su alrededor. Fanny le cogió de la mano y los dos empezaron a reírse de alegría. Luego ella se acercó a la orilla y sin previo aviso se zambulló con la ropa puesta.
-¡Métete! ¡Está genial!-
-No se…- Dubidativo dio un paso hacia atrás.
-¡Venga, gallina!- Y sin avisar le salpicó. Al verse empapado de pies a cabeza decidió que ya daba igual y echó a correr y de un salto se sumergió mientras gritaba “Cobawunga” como sus tortugas favoritas.
La tarde se convirtió en chapuzones, ahogadillas y batallas de agua, todo ello adornado de sinceras risas de los dos mejores amigos que nunca conoció ese pueblo. Agotados se sentaron en la orilla mientras el sol desaparecía y las libélulas eran substituídas por las luciérnagas. Comenzó así una danza nocturna de magia y luz. Mientras, contemplaban el espectáculo sentados y en silencio, abrazados con un brazo por la espalda del otro y apoyando las cabezas el uno en el otro. Así acababan la gran mayoría de los días del verano durante ese y los  siguientes años.
-Borja- La voz de Fanny volvió a sacarlo de sus recuerdos. -¿Estás bien? Hoy estás muy pensativo-. Dijo con cierto tono de preocupación.
Tenía que decírselo, no podía pasar de hoy sin decírselo <<Venga Borja, se valiente>>
-Fanny… es que… llevo todo el día dándole vueltas a algo… es decir… yo… tengo que decirte algo… Fanny, yo…-
-Tsss- Un suave siseo lo detuvo mientras ella posaba su índice sobre sus labios.
-No digas nada, siéntelo y déjate llevar-. Fueron las últimas palabras que intercambiaron ese día.
Ella se metió hasta la cintura en el agua y se desprendió de las prendas inferiores y comenzó a acercársele, él la miró perplejo mientras ella empezó a quitarle la camiseta. No sabía que hacer así que decidió hacerle caso y como dijo ella se dejó llevar. Comenzó a desabrocharle su blusa mientras ella le quitaba sus pantalones. Había oído en algún sitio que uno de los momentos más placenteros para un hombre es desnudar una mujer con blusa. Y era cierto, estaba siéndolo, botón a botón, sentía un escalofrío en la espalda y cómo corría la sangre por sus venas, y sabía que ella también podía sentirlo. Se acercó más a ella y le desabrochó el sujetador y una vez desnudos se sumergieron, mientras el sol se ponía.
Se sintieron el uno al otro como nunca se habían sentido. Sintió sus labios, unos labios suaves pero que besaban intensamente. El tiempo pasaba en el agua entre abrazos, besos, caricias y arrumacos y decidieron tumbarse en la hierba. El sol había dado paso a la luna hacía ya mucho tiempo y las luciénagas comenzaron su danza.

Tumbados en la mullida hierba, amparados por la oscuridad e iluminados por la celeste sombra de la luz de la luna se detuvieron a observarse y a conocerse a través del tacto. Cuando sus ojos se volvieron a cruzar sonrieron. Él movió los labios suavemente, sin emitir el menor ruido para no estropear la magia, articulando un “te quiero” que venía desde lo más hondo de su corazón, con toques y tintes de amistad y amor. Ella le respondió con los ojos, con una fulgurante e intensa mirada de esos profundos ojos azules que tanto había observado y admirado, mientras decía: “Te quiero”. “Adelante, eres tu al que quiero, aquel en el que confío plenamente, y aquel con quien sueño”. Y tras estas silenciosas palabras de amor se entregaron el uno al otro, amparados por la oscuridad, la luna llena y la calidez de una noche de verano en la que el aire olía a amor y amistad. Como un recuerdo de hace ya muchos años en la “fervenza” del tiempo y los sueños.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

El Shiai

El sonido del graderío es ensordecedor. Mira hacia allí y ve a todo el público observando los combates. Frente a él está el tatami y los tres árbitros, por el rabillo del ojo ve que su rival todavía no ha llegado y la voz del megáfono lo confirma cuando los llama a los dos de nuevo: “Segunda llamada para el tatami 3. Borja Álvarez y Felipe Estévez al tatami 3”. Lo escucha atentamente y al ver que le quedan un par de minutos decide arreglarse el traje y asegurarse de que el cinturón está suficientemente apretado. Se golpea con fuertes palmadas la cara, los brazos y las piernas, pega un par de brincos… No quiere quedarse frío justo antes de combatir. Vuelve a girarse hacia donde antes no había nadie y de repente se da cuenta de que acaba de llegar su rival, lo observa un instante y vuelve a mirar al frente para concentrarse. El árbitro les hace la señal de que pueden avanzar y realizan el saludo antes de pisar el tatami, con unos pocos pasos llegan al borde de la zona de combate y el árbitro les vuelve a indicar que pueden avanzar. En judo estos gestos son muestras de respeto hacia el deporte, el rival y el árbitro, y saltarse uno de estos pasos estaría muy mal visto por los demás competidores y organizadores del evento. La educación es una de las bases que se inculcan a los niños desde pequeños en esta práctica, y desde ese momento se sigue lo aprendido durante el resto de la vida deportiva.
Mira a su rival, le saluda y se aproximan un poco hasta quedar a un par de metros de distancia. Queda solo el último saludo. –Rei-. Una última reverencia. -¡Hajime!- Las palabras del árbitro resuenan en todo el pabellón y sobre todo en sus oídos, se concentra en su enemigo, chocan las palmas rápidamente como muestra final de respeto y un instante después el resto del mundo desaparece para concentrarse solamente en los movimientos de la persona que tiene delante.
Tras un par de forcejeos para ver quien consigue mantener el control se encuentra con que su brazo está dominado por el rival y el todavía no tiene nada; por suerte el de enfrente, Felipe cree que se llamaba, no ha conseguido agarrar la solapa de su chaqueta. De repente, en solo un par de segundos se encuentra encima de su rival a punto de caer, pero tras hacer fuerza para resistir Felipe desiste de tirarlo. Borja, al momento, le intenta barrer la pierna con un “ko soto gari”, una especie de zancadilla, que no tiene éxito. Continúan forcejeando e intercambian un elevado número de técnicas varias que terminan en fracaso, sobre todo para Felipe que ahora está en desventaja, Borja ha conseguido arrastrarlo hacia donde quiere durante un rato. Observa todo el cuerpo del rival y repara en un hueco por el que podría entrar, se dispone a realizar la técnica, pero sin previo aviso se encuentra en el aire y lo único que le da tiempo es de evitar una derrota absoluta, haciendo que termine en “wasari” lo que podría haber sido un “ippon” clarísimo. Cree que lo ha tirado con “tai otoshi”, pero tampoco está seguro, lo importante es que ha evitado la puntuación máxima por una más baja, alargando así un poco más el combate.
 La presión que siente ahora en el pecho le saca de sus pensamientos, estaba tan distraído que Felipe lo ha inmovilizado con “kesa gatame”. Intenta moverse pero tiene el brazo de su rival por debajo del cuello y sobre la cara todo el peso del hombro, además parte de esta fuerza se encuentra también sobre la caja torácica. Forcejea para salir, pero sin éxito, mira el contador, Felipe solo necesita mantenerlo así 15 segundos más y habrá ganado. Realiza un par de impulsos más, pero cada intento tiene menos intensidad que el anterior, el combate se ha alargado hasta los cuatro minutos y medio, casi el tiempo máximo establecido, a estas alturas la fuerza de los dos está varias veces por debajo del nivel normal y la respiración es muy entrecortada, demasiado para la cantidad de oxígeno que necesitan. Ya no puede más, que más dará perder si total solo es un combate más… ¡No! ¡Es la final y no se rendirá así como así! De golpe y sin previo aviso, de una brusca sacudida apoyándose en el suelo, se saca al rival de encima y mientras cae hacia un lateral suyo ya está apoyando todo su peso sobre él y agarrando las piernas con un brazo y el otro por debajo de la cabeza, envolviéndola. No tiene ni idea de donde ha sacado esas fuerzas, pero está seguro de que son las últimas, ha llevado al límite su cuerpo. Gira la cabeza hacia su rival y ve en sus ojos la mirada del que, sin comprender nada, ha visto su caída desde la brillante cima hasta la más sombría derrota.
Mira el marcador, diez segundos más, solo diez segundos más y lo habrá mantenido controlado durante los veinticinco segundos necesarios para ganar, observa por última vez el contador y deja caer su cabeza, agotado, sobre su rival. Hace el último esfuerzo, pero ya no siente su cuerpo, realmente es como si ya no estuviese ahí.
 “¡Ippon! ¡Mate Shore-made!” El anuncio del árbitro lo hace volver a la realidad. El combate ha terminado. No puede creerlo, ha ganado, ha conseguido ganar, ahora mismo sería capaz de dar un brinco espectacular solo para celebrarlo aunque no pudiese levantarse luego en todo el día.
Los dos competidores se yerguen y se sitúan en el lugar donde estaban antes de comenzar el combate. El juez levanta el brazo para indicar quien ha salido victorioso y ambos competidores se hacen la reverencia para luego darse las manos y terminar en un abrazo rápido. Se retira de la zona de shiai y vuelve a saludar, a continuación mira efusivo al público, a su equipo y a su entrenador. Sale del tatami con la felicidad brillando en sus ojos y la alegría reflejada en su sonrisa, envuelto en el aura que transmiten aquellos que han sido capaces de cumplir sus sueños.

martes, 30 de octubre de 2012

Silencio en el Ebro

La oscuridad de la luna nueva los ampara. El silencio de la noche es completo, solo se escucha el rumor del Ebro al golpear las orillas del cañón y el fluir de las barcas. Ese silencio sepulcral no gusta a nadie, es el sonido del peligro. El capitán de la compañía conoce bien esa sinfonía de la muerte, originario de la columna de Durruti es un soldado veterano curtido en Aragón y en la defensa de Madrid. Sus ágiles decisiones y sus acertadas maniobras le han permitido escalar puestos rápidamente en el ejército de la República. La temperatura es agradable y los soldados lo agradecen. Nadie habla, pero Capmanet sabe que su compañía está nerviosa, muchos no han entrado nunca en combate y tienen miedo a ser descubiertos por el enemigo. En una de las barcas más retrasadas la situación es semejante. Reeds, un voluntario de las Brigadas Internacionales, decide liberar la tensión y se pone en pie e imita la postura adoptada por Washington durante la travesía del río Delaware; años después un periodista estadounidense interpretaría esto como “un solemne gesto de un compatriota norteamericano durante la Guerra de España”. Un soldado lo mira extrañado y el carabinero Batlle sonríe ante esta imitación, sabe que hay que saborear estos pequeños momentos si se quiere sobrevivir mentalmente en la guerra. Era carabinero antes del golpe de estado, hasta que sufrió un altercado y tuvo que pagar una pequeña condena, allí compartió cárcel con Primo de Rivera y casi presenció en persona su muerte. Militante anarquista desde hace años, al salir se alistó en una de las múltiples milicias que surgieron en Cataluña al comienzo del conflicto. Una vez disueltas las milicias pasó a formar parte de las brigadas antitanques; aunque no volvió a ejercer de carabinero, ese apodo siguió ligado a su nombre durante mucho tiempo. De repente, una sacudida de la embarcación lo saca de sus pensamientos, acaban de llegar a la otra orilla. En pocos minutos los soldados comienzan el ascenso del cañón. Cargando solo con sus cuatro granadas de mano y sus fusiles checos recién comprados a la URSS, los soldados van ligeros por lo que terminan de subir en poco tiempo. Lo primero y único que pueden ver es la oscuridad y Els Auts. Sin parar a descansar parten hacia Fayón, a 50 quilómetros, con una pasión y una alegría nunca vista en las tropas desde la derrota aplastante que sufrió la República en marzo de 1938. Capmanet se detiene un instante y alza la mirada para observar el horizonte, no sabe que le esperan 4 duros meses de lo que será la batalla más larga y sangrienta de toda la Guerra Civil. Sonríe contagiado por la emoción de los demás y corre a reunirse con su compañía.



lunes, 15 de octubre de 2012

Hasta que el cuerpo aguante


Cojo una cerveza, la abro y se la doy. Estoy hablando con ella, tanto tiempo he necesitado para dar ese paso y estar hablando tranquilamente frente a sus ojos. Hay más gente pero están a su aire. Realmente fue una buena idea traer un sillón a la fiesta en la playa. Unas cuantas hogueras por ahí desperdigadas iluminan todo y unos grandes altavoces ponen música continua. Llevamos ya horas hablando. Ahora es ella quien toma la iniciativa. Me coge de la mano y tira de mi para que me levante. Doy un par de tumbos, la mezcla de alcohol y petas a veces puede ser agotadora. Ella también está bastante alegre por el efecto del alcohol y sabe dios que más. En este tipo de fiestas lo más suave que hay es alcohol y nadie se escandaliza si pruebas algo nuevo, es un ambiente en el que puedes ser quien quieras y nadie te juzga. Ella me arrastra hasta el agua. “Te echo una carrera” me dice mientras sale corriendo en dirección al mar. Yo la persigo lo más rápido que me lo permite mi estado. Ella salta y se mete de cabeza, yo la imito y me zambullo. Lo bueno de vivir en el Maresme es que la temperatura del mar siempre es aceptable y no hay problemas de frío. Abro los ojos bajo el agua aunque al ser de noche no sirve de mucho y apenas distingo nada, lo bueno es que me ha espabilado considerablemente. Salgo a superficie y antes de que abra los ojos ya estoy recibiendo el ataque de sus chapoteos y sus risas, sin poder verla le devuelvo el ataque con una ofensiva por mi parte. Voy hacia ella y empiezo a hacerle cosquillas, ella se revuelve y se ríe. Me mira a los ojos y me hunde la cabeza en el agua. De repente, nada más emerger del agua, unas manos me agarran suavemente la cara y sin ver todavía, siento unos labios sobre los míos. Ahora soy yo el que agarro su cuello y su cintura y continúo con el beso.

* * *

Salimos del agua agarrados por la cintura dejando un rastro de gotas que caen de nuestro pelo. Nos dirigimos hacia los demás y allí, bailando a ritmo de “chunda chunda” en una “rave” veo a Alex con una chica castaña. Me ve ir hacia él, le dice algo al oído de su acompañante y viene corriendo hacia a mi. -¡Borja, capullo, has triunfado, sabía que podrías!- Me dice sonriente. –Vamos a ir a un sitio más tranquilo Sabela y yo- le grito para que me oiga. –Ah, guay guay, venga, campeón, ánimo, a ver si se te levanta que no estoy seguro de que sea posible-. –Capullo- Le respondo al mismo tiempo que le doy un puñetazo en un brazo. Se ríe, se despide y vuelve corriendo para que no le roben a su pareja. -¿Qué te dijo?- Me preguntó con aire risueño Sabela. –Nada, tonterías suyas- Ella ríe mi gracia, me coge del brazo y echamos a andar. Llegamos a un sitio, no demasiado alejado, pero si lo suficientemente tranquilo. Nos sentamos y comenzamos a hablar. -¿Sabes, Borja? Llevaba tiempo queriendo hablar contigo- Me dice para mi sorpresa. Ella se da cuenta y me explica. –Siempre me pareciste distinto, no se, no eres como los demás, tienes otras preocupaciones, sueñas y no tienes miedo a lo que piensen de ti. Supongo que eres un poco como me gustaría ser a mi, más libre y sin tantas cadenas propias. Y encima eres mono.- Se ríe al decir esto último y deja ver una sonrisa que cada vez que la veo me deja embobado. Se lleva una mano a un bolsillo del bañador y mientras me comenta -¿A ti tanto porro y alcohol no te está dejando agotado? ¿Te cunde que nos repartamos “a mitas” una raya?- Asiento y saca una pequeña bolsita con polvo blanco. Coge mi mano y le da la vuelta, situándola boca abajo, esparce un poco del polvo y se lleva la mano al colgante mientras explica –Toda la vida me pareció una estupidez eso de cortar la raya con una tarjeta de crédito, para mi eso de usarla para sentir el poder del dinero es una tontería, yo prefiero sentir el poder de la música- Me muestra el colgante que llevaba al cuello, es una púa de un grupo de rock. Con ella comienza a juntar todo el polvo que estaba en mi mano y hace dos pequeñas líneas. -Te veo muy sorprendido ¿es tu primera raya? Es fácil. Estas líneas son pequeñas así que te hará poco efecto, es simplemente para que nos espabilemos un poco. Mira, corto un trozo de cartón del paquetito de papelillos de liar y lo enrollo. Ahora lo pones en una de las esquinas de la raya, te lo colocas en la nariz, te tapas uno de los orificios y lo metes todo para adentro. ¿Ves? Tu turno.- Lo cojo con aire titubeante. –Tienes que hacer como si cogieses mucho aire por ese orificio- Hago lo que me dice y de repente veo como me rasca todo el tabique nasal, los ojos me lloran un poco por el escozor y le miro con la mirada de quien no lo ha disfrutado. Ella se ríe y dice –Tranquilo, nadie lo disfruta y menos la primera vez- Y sin esperármelo, antes de que comience a hacernos efecto, me mira con una sonrisa maliciosa y ojos felinos y se abalanza sobre mi. Empezamos a besarnos apasionadamente y mete la mano por debajo de mi bañador. Mientras tanto yo le desato la parte de arriba del bikini y le quito la parte de abajo, sin lograrme adelantarme a ella que ya me lo ha quitado a mi. Y mientras se oye de fondo la música de la “rave”, nos evadimos de la realidad y nos sumimos el uno del otro. En un estado de éxtasis que solo se consigue con esa mezcla provocada por el amor, el sexo, el placer y las drogas.

* * *

Alguien grita en la oscuridad: –¡¡La noche es larga y nuestra juventud también!! ¡¡Estaremos aquí…!!- Y sin terminar la frase. -¡¡Hasta que el cuerpo aguante!!- Responde al unísono un coro de voces de una juventud marcada y que nunca olvidarán.