jueves, 11 de junio de 2020

El silencio esconde más respuestas que preguntas

Quizás, para comprenderlo todo,
habría que comenzar por el principio
¿Por dónde sino?

Tengo miedo a las pérdidas.
Así de claro, sin medias tintas,
mejor directo y a la cara
como esos puñetazos que recibes en medio de borracheras
que no sabes muy bien dónde empiezan,
pero sabes demasiado bien dónde acaban.

Con sangre en las manos y en el alma
al comprender que todo tiene un final,
que todo siempre se acaba,
que la inmortalidad es una meta demasiado ficticia
para tan tristes mortales
y yo ahora
no sabría bien cómo
pero trataría de aferrarme a lo que tengo
a costa de morir en vida.

Tengo un miedo irremediable a las pérdidas.
Supongo que eso lo explica todo,
todas las espirales de dolor,
todas las caídas,
todas las derrotas,
todos los vanos intentos por sobrevivir al paso del tiempo.

Hay algo de poético en el absurdo terror a la pérdida.
Yo lo sé,
es ella, la pérdida, la que no quiere comprenderlo
y se afana en reírse en mi cara
y escaparse pasando de largo,
arrebatándolo todo
por mucho que quieras evitarlo.

Tengo miedo a las pérdidas.
Y por desgracia convivimos día a día con ellas,
en cada mirada,
en cada gesto,
en cada cotidiana rutina que semeja constante
hasta que sin darte cuenta desaparezca.

Que estoy mal,
que yo lo sé,
que me giro y solo veo vacío,
que miro a los ojos a la felicidad
y solo puedo ser consciente de la certeza de su finitud,
de su fragilidad efímera,
de su inexacta hora de muerte,
de su patética presencia fantasma que te recuerda
que, aunque no quieras,
todo se acaba.

Es una maldición.
Lo sé.
Es así.
¿Para qué mentir?

Es una espectral maldición
el vivir siempre con la certeza de la muerte,
de la pérdida,
del inexorable vacío
que todo te lo arrebata
aunque no quieras,
pues todos los relojes tienen final
y el mío hace mucho tiempo ya que se hizo añicos.

Y ahora soy espejo
en el que mirarse las arrugas, las cicatrices y los corazones abiertos,
cuando no quede ya nada,
y todo lo devore salvajemente el incandescente olvido del fuego.

Lo mismo habría que empezar por el principio
para comprenderlo,
pero es que es tan básico
como que la vida es una batalla contra el tiempo
y yo,
y todos,
siempre salimos perdiendo.

Sobretodo, si somos conscientes de ello.

Yo lo siento,
de verdad que lo siento,
tengo miedo a las pérdidas,
espero que no me odies al verlo.

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