viernes, 16 de febrero de 2018

Relente del tiempo (desquite primero)

Uno se propone cosas, pero no siempre se tercia todo como se ha previsto. Que bueno, que vale, que vamos viendo. Y así va discurriendo el relente del tiempo. Como una ráfaga de viento que intenta propiciar el levante que trae temprano de buena mañana el premeditado calor que llegará con el mediodía hasta ser un horno sofocante de altas temperaturas.

No es tan fácil sonreír y autoengañarse con la felicidad, tiene un no sé qué de duro rille rille con el calciforme hueso con toda su dureza y por más que rasquemos, no es fácil sacarle las cuatro perras que nos debe la vida por este mísero resistir de rutina. Las cosas buenas vienen de a pocos y bien escondidas, como esos paquetes que trae el cartero y se hacen esperar más que las Pascuas a los pasos de Semana Santa.

Esta tarde iré donde el azar en busca de los vuelos alzados, andaremos de estar al quite por ver si así conseguimos de una vez despistar a la tristeza y a la muerte, que como una sombra parece que trastabillea continuamente detrás nuestra, lo peor es eso: deja un rastro de muescas en el suelo con sus tropezones como si quisiera recordarnos continuamente cual es nuestro lugar y que ella siempre va a estar ahí por mucho que queramos evitarla. Habrá que resignarse. La Trufa se la huele a cada instante y a veces ladra al aire, a ver si se la lleva la espantada, pero ni así. Después resopla tumbada y se deja cabecear un rato por el sueño, ella es quien mejor sobrelleva la vida en este día a día.

* * *

Hoy, no sé muy bien todavía el por qué, me dio por dibujar mandalas de colores. La dinámica es sencilla y consiste en dibujos en blanco y negro con los huecos a rellenar libremente, y el resultado, tras ir seleccionando los lapiceros, es una curiosa silueta llamativa y luminosa; es una forma de distraerse como cualquier otra, y al tiempo relaja, así que más no podemos pedir por tan poca cosa minchiña.

* * *

Tengo la mesa hecha un cisco, habrá que ordenarla pronto si no quiero que quede todo tan desperdigado que luego sea imposible encontrar un mísero boli. No comprendo el motivo, pero los de color negro tienen predilección por extraviarse, se pierden sin que haga distinción alguna entre azul y negro, pero estos últimos al poco de usarlos no vuelven a aparecer hasta horas después en la otra punta de la casa. Ni que tuviésemos ratones que los secuestran. Tendré que comprarme un paquete con varios, porque esto no puede seguir así, que luego no tengo con qué escribir.

* * *

jueves, 15 de febrero de 2018

Diario de un pueblo

Pues ya es esencialista el toparse con el chavea en la tarde del domingo y no en la del lunes, cuando el sol despunta en el altiplano celeste y reflejea por los cauces sinuosos de todos esos ríos de aguas frescas y cristalinas y sonido envolvente gracias a esa cadencia de paz tan característica de su lento discurrir.

Tiene su gracia y su desquite todo esto -pienso al ver el ambiente que reina-.

El silencio de los pueblos pasado el mediodía, a las comidas en punto, es una sutil estampa de horas y horas clavadas en un segundo de fugaz inmensidad. El repiqueteo de los pasos al pisar las calles reverberando la graba por cada vacío rincón mientras los pájaros atrincherados en sus ramas destejen una filigrana de melódicos pentagramas de compases acondicionados en la primavera y su calidez de lento y suave saborear de naturaleza.

Que bien huele el aire que trae los olores de la inmensidad y que tierno sabor si se tercia el sol en su cenit de colectivo alumbrar.

El mundo baila una acuarela de sensaciones en esos días y las campanas redoblan en lo alto del cielo tiñendo de timbre y sombra la evocadora estampa de un pueblo que en la imaginación va cobrando forma.

Y la tarde se va allegando y se elucubra el aroma del pan del horno del artesano, y algún coche aquí y allá perdura en su lejano sonido bajo el efecto doppler y el murmullo de las chicharras no ha cesado, pero ahora se entremezcla con el de los niños jugando a la pelota, los grupos de viejos amodorrados en el parque y las conversaciones de los padres sentados en la cafetería, en esas mesas tan típicamente metálicas bajo el entoldamiento de un enebro.

Y los pocos habitantes viven,
y los pocos turistas observan,
y todo el mundo disfruta de la tranquilidad
mientras las nubes poco a poco se colorean
de reconfortante atardecer estival de mayo en su anaranjada mirada.

Y destellos de horizonte sonrisa de verano
y rumor de reguero caricia de agua
y anochecer pardo cubierto de estorninos alborotados
y tendida enredadera de filtro fulgurante de estrellas.

Zigzagueantes telares de murciélagos que se allegan con las bandadas de trinos que se van
y los solitarios ululares de buhos relevan a abubillas y halcones de sus funciones;
y la oscuridad es un carnaval de colores en la negrura
y la paleta de grises carboncillo de sombras
relucen mientras desde el balcón asisto a su recital
de mar resplandeciente;
y el cielo se reiniciará
cuando el gran astro de nuevo se asome
tildando de esplendoroso
su nuevo inicio sin acto final:
Eterna transición de aterciopelado mandala de vida natural.

lunes, 12 de febrero de 2018

Como velas que se deslizan en el frío ardiendo

Entre los fracasos y desmanes de la vida
hay una suerte de azar entre el perdón y el dolor,
la mortaja mortuoria del sentido
yace inerte con su nebulosa sonrisa.

¿Dónde yo?
¿y tú?
¿y el riesgo?

Y un baile sincopado de usura y desmanes.

Alicatada noche de luna oscura
y la zizalla de sus defensas
asolan las murallas de un corazón
caído en el olvido un triste 29 de mayo.

¿Y el futuro?

¿Y el pasado?

Dios se vanagloriaba de su creación
mientras nosotros sufríamos
por amor
por perdón.

Sorprenden sortilegios de triste rutina
de malabáricos bailes de equilibrios interregnos,
luz sin llama - sombra sin salida,
príncipe de la oscuridad - señor de la poesía,

cruel intento de fugarse
de esta deforme vida.

domingo, 11 de febrero de 2018

Como esa colilla de sonrisas que apagas con las yemas

Estoy tan hecho al malestar y la apatía que cuando siento en el pecho un atisbo de solitaria felicidad fugaz tiendo a mirar a otro lado, girar la cabeza y volver a enterrar ese sentimiento, la culpabilidad por el bienestar es tan grande que el camino más fácil es agachar la mirada y evitar tocar esa paz con los dedos,
no vaya a ser que me queme al salir de mi zona de confort:
la tristeza.

La desidia es rutina constante en el día a día, en las horas de su ausencia, en la falta de su risa,
sin ella me arrastro por la vida intentando pasar desapercibido y no recibir más de lo que merezco:
el olvido y el vacío.

Creo que la suerte ardió hace mucho,
el destino cayó fulminado
y el futuro se precipitó a la nada.



 * * *



¿Qué hacer cuando nada te llena por ti mismo?



No soy capaz de sonreír yo solo,
ni de vivir,
ni de seguir,

No soy capaz de resistir por mí solo,
y por mí,
por mí,
por mí,
por mí propio descenso al infierno he aprendido en mis ratos libres a cazar demonios en mi propio coto privado

como un mundo salvaje de lucha constante entre seres informes que se deforman buscando la forma de llevarte consigo a ninguna parte de algún rincón oscuro sin vida en este vidrioso purgatorio de niebla que es la colindante cotidianidad de estériles valles.


* * *


¿Qué hacer?

Como un himno musical de algún pasado sin futuro,
como un susurro con el que arrebatar algo por un breve período de tiempo
aunque todos sepamos que no quedará nada luego.

Aunque el instante eterno
sea la pesadilla de tus sueños,
la condena de hierro grabada a fuego en el pecho,
el sucio baile en el miedo del recuerdo;

a pesar de todo y por todo

regueros de sangre en el polvo de esa pistola que te apuntaba a la sien


Y que disparó.

....P-U-M....
to final.

sábado, 10 de febrero de 2018

Siempre somos [nosotros, los silenciados] la causa de su histeria colectiva

Las banderas desteñirán, tarde o temprano, en los balcones. Será entonces cuando toque hablar del país real, cuando la alucinación colectiva llegue a su fin. Aguanten, los despertares más duros son los más furiosos.
Daniel Bernabé





Tropieza la noche de los tiempos en una cálida madrugada a orillas de cualquier río con cualquier nombre,
la sangre corre a lomos de los artificiosos artificieros
y la velada disputa con el amanecer el despunte de los últimos destellos de un atardecer constante.

Las silabeantes sílabas que asolan el cielo dejan fugaces destellos de moteadas matrices sin acierto y error para el cálculo de panorámicas que nos permitan comprender la complejidad del todo en su conjunto. Mientras tanto, la pormenorizada mañana permite entrever infinitesimales intentos por dar cobijo a todos aquellos que han visto durante siglos y siglos sus vidas destinadas a dar fuerza y cobijo a los demás: el ora et labora nunca fue tan intenso como hasta ahora,
reza por tu mente y cuida tu cuerpo -como si no nos bastase trabajar de sol a sol-
que de apropiarse de nuestro trabajo ya se encargan ellos hasta sacar brillo y valor a la más mínima gota de nuestro perlado sudor.

Las revueltas aguas de la quietud soportan la carga de décadas y décadas de silencio bajo el falso hábito de la sumisión pactada, como si ese velo que se nos ha impuesto nunca hubiera existido y simplemente hubiésemos elegido callar nuestros gritos porque sí, porque nos dio la gana mantenernos en la cola del rebaño, tirando en cualquier dirección menos en la orientación correcta a ojos de nuestro perro pastor
y guardián
y protector de los desvalidos
-y pobre de nosotros, oh ovejas descarriadas, que nunca hemos sabido discernir entre el mal y el bien,
y así nos va, de capa caída culpando a los demás de nuestros fracasos
[dicen]-.

Soñamos banderas
romances liberadores en trance
fuegos cuidadosamente pasionales
y revoluciones calurosamente fugaces.

Imaginamos y elucubramos tantas cosas
que olvidamos vivir en la realidad
mientras poco a poco nos fueron expulsando de la partida.

Es hora de volver al tablero de juego.

Y comer todas las fichas.
[o dicho menos bonito:
acabar con sus reglas, 
su sistema, 
su rey 
y su oligarquía].

Ya está bien de decir las cosas mediante palabras vacías.

viernes, 9 de febrero de 2018

Sombría sutileza del instante

El decadente palpitar de la fiebre en todos y cada uno de los poros de la piel, como un constante martilleo en la sien que perfora las neuronas sin atisbo de clemencia.

El delirio inconsistente de confundir realidad con ficción en una febril duermevela que te impide discenir tiempo, espacio y "yo". Elucubrando sin saber dónde estoy, cuándo me he precipitado a esta estigia laguna de soporífera pesadilla y dónde se finiquitó mi ser en una ristra laminosa de inconcebible arena del reloj.

Que efímera resulta la inflexión una vez pasada
y que eterna quietud forma toma durante su paso por el presente.
Dilapidada estancia en el infierno por una temporada
mientras asola las lomas de mi valle pericraneal el continuo galopar de la sangre en la caróntida yugular del sueño.

Soporífera avalancha de inconsciencia
-la fría,
negra,
enfermedad-
en esta ristra de horas de inclemencia.

sábado, 3 de febrero de 2018

Las marcas de mi cuerpo encierran lo que mi rostro es incapaz de sonreír

Cogería todos los cuchillos que hay en este mundo y me los clavaría uno a uno por todo mi cuerpo, por ver si así de una vez soy capaz de arrancar de mi pecho esta presión que siento cuando dejo a mi mente demasiada libertad.

Me he perdido a mí mismo y jamás me volveré a encontrar.

Rezaría a todos y cada uno de los santos en los que no creo con tal de que me perdonen la vida y pueda por fin descansar lejos de este miserable recipiente al que le ha tocado soportar la presión de un alma que nunca se consumió lo suficientemente deprisa como para autodestruirse sin hacer ruido, sin destrozar por el camino todos los corazones con los que se ha ido topando, sin dañar en exceso y arrasar todo a su paso
como un reguero de pólvora listo para explotar en cualquier momento.

Como puede alguien seguir en pie,
cada día,
como si no hubiese ocurrido nada,
como si todo hubiese seguido igual.

Me quemaría todos y cada uno de los poros de mi piel por ver como arde toda mi sangre en azuladas llamas de fuego envenenado, aniquilando la carne con cada uno de los borbotones espumeantes de ponzoña que buscan escapar de mi miserable existencia.

Soportaría la idea de desaparecer en un instante con tal de supurar este infructuoso cáliz de miseria que arrastra conmigo al infierno a todas aquellas miradas que osaron tenderme la mano,
y es que mi mera agonía de llantos en la madrugada no es más que la última arma de destrucción masiva creada por una protoidea de egoísta danza de desesperación al otro lado de los añicos acristalados de mi reflejo.

Me odio. Me odio con todas las fuerzas que puedan quedarle a mis agonizantes neuronas.

Me odio y pulsaría ese botón de armageddom total
con tal
de no volver a tener la oportunidad de respirar paz y silencio al sacar a flote mi mente del mar de pensamientos que es esta avinagrada rutina de sinsentidos e injerencias en territorio amigo.

Las palabras son mi única arma, supongo que por eso elijo cada noche y cada mañana lanzarlas contra mi propia diana como si así fuese a ser más llevadera la presencia en este inerte incorpóreo que es mi rostro tatuado en miles de cicatrices taponadas por el tiempo.

La carga de mi ser aplasta la chispa ajena que algún día vio luz en mí

y la oscuridad lo arrasa todo,
y por desgracia
a mí solo me baña, 
me susurra, 
me protege 
y me mantiene con vida,
como una maldición de tinieblas que me hará compañía


hasta el fin de los tiempos.